miércoles, 17 de marzo de 2010

All You Need is Love


Manhattan Mall

Seth miró distraídamente alrededor, consciente de que su tía no le hacía demasiado caso. Había pasado uno de los mejores días de su vida y tenía la esperanza de que aún no acabase, por lo que empezó a maquinar un plan con el que conseguir alargar el momento. Sabía que esa sería la última noche que Rachel pasaría en su casa y no podía dejar de sentir tristeza ante aquello. Observó como la gente compraba, con expresiones felices, y sonrío al recordar que su tía Alice se comportaba igual. Quizás fuera una conducta que se adquiría con la edad, pensó. Sintió que esta se deshacía del agarre del niño para buscar algo que sonaba en el interior de aquel colorido bolso; una vez encontró el móvil no volvió a cogerlo de nuevo, por lo que Seth suspiró aliviado, empezaban a sudarle las manos y era incómodo.

No estaba pendiente de la conversación que Alice tenía con el que parecía ser Jasper, no le interesaban los asuntos de los mayores, siempre hablaban de cosas bastante aburridas y las veces en las que por fin se discutía sobre algo interesante, lo mandaban a la cama. Frunció el ceño al recordar esto último, y se prometió a sí mismo que cuando fuera adulto no se comportaría así, ¡los niños también tenían derecho! Estaba absorto en su verborrea mental cuando vio entre la creciente marea de gente que caminaba por el centro comercial, refugiándose de la nieve, un destello que le llamó la atención. Un hombre alto y con el pelo rojizo, miraba atentamente un escaparate de una enorme tienda de juguetes. Seth soltó una risita al pensar que había "pillado" a su padre comprándole algún regalo. Bella seguramente le habría dicho que iban a ir a ver una película y él querría unirse ya que como el cielo estaba oscuro, es decir, era de noche, habría terminado de trabajar. Miró de reojo a su tía y vio que estaba en silencio, esperando una respuesta de Jasper. Se encogió de hombros y fue hasta donde estaba Edward, con la intención de darle un susto y reírse de su expresión al ver que le había estropeado la sorpresa.

Caminó con decisión, cruzando la distancia que lo separaba de Edward. Se asustó al ver que un numeroso grupo de personas se interpusieron entre ellos, causando así que perdiese de vista a su padre. Mordiéndose el labio de forma nerviosa, empezó a caminar entre la gente, buscando desesperadamente a Edward. Como no podía localizarlo, suspiró resignado y se dio la vuelta, dispuesto a volver al lado de Alice. Las lágrimas se agolparon en sus ojos al ver que tampoco veía a su bajita tía. Decidió respirar profundamente y mirar en todas las direcciones posibles, si no encontraba a nadie iría a buscar a algún adulto que no le diera demasiado miedo, le contaría que estaba perdido y que necesitaba ayuda. Siguió en su búsqueda desesperada, dando tumbos entre todos los que se agolpaban por allí haciendo sus compras navideñas. Suspiró aliviado cuando aquel destello rojizo llegó de nuevo hasta él, y sin apartar la vista ni un segundo aceleró su paso y en un instante estuvo tirando de los pantalones de Edward.

—¡Papá! —exclamó, con la voz impregnada de nerviosismo.

El hombre, que resultó no ser Edward, se dio la vuelta y observó a Seth.

—¿Qué has dicho? —Vio como el niño ponía un puchero, a punto de llorar y añadió rápidamente—: ¿Estás perdido, pequeño?

Seth abrió los ojos desmesuradamente y sopesó sus opciones. Aquel hombre no le inspiraba confianza, al igual que todas las personas que no conocía. Tenía un cabello ligeramente parecido al de su padre, pero después era totalmente diferente: poseía un torso muy musculoso y sus ojos no destilaban la ternura de los de Edward, al contrario, eran fríos y severos. El rojo de su pelo desentonaba al compararlo con sus cejas oscuras, era como si se lo hubiera teñido. Después de un instante llegó a la conclusión de que no se fiaba de él, prefería seguir buscando por su cuenta.

—N-no, estoy con m-mi tía —dijo, y después se dio la vuelta y se sumergió de nuevo entre la aglomeración de compradores, intentando contener las lágrimas.

Estuvo caminando unos minutos sin rumbo fijo, sollozando silenciosamente y pensando en qué pasaría si jamás volviera a encontrar a su familia. Se imaginó viviendo en el centro comercial, durmiendo en la silla de alguna cafetería y robando comida de la tienda de gominolas. A pesar de la situación no pudo evitar que una media sonrisa, triste, asomase por su rostro; quizá —si no fuera porque estaría completamente solo— no sería tan horrible vivir allí. Cansado, se sentó en uno de los bancos que había dispuestos aleatoriamente por el establecimiento, y con los codos clavados en las rodillas, se tapó la cara con las manos mientras se debatía sobre qué hacer. Estaba muerto de miedo y no se le ocurría nada ingenioso o útil; ahora entendía a su padre y a los demás cuando insistían en decirle que todavía era un niño, no estaba preparado para una situación así.

—Claro que estás perdido —susurró la misma voz de antes a escasos centímetros de su cabeza. Levantó la vista y se encontró con el señor pelirrojo, que sonreía ampliamente—. Vamos Seth, te voy a ayudar a encontrar a papá.

El niño lo miró con desconfianza, pero no tenía más opciones que esa. De un salto volvió al suelo y con indecisión cogió la mano que le tenía el hombre. Después, mientras caminaban por el centro comercial, cayó en la cuenta de algo.

—¿Cómo sabes mi nombre? —inquirió Seth, desconfiado.

El hombre sonrió socarronamente, pero no se digno a mirar a Seth mientras le contestaba, seguía escudriñando el recinto.

—Soy amigo de papá —dijo simplemente, y el niño respiró aliviado.

—¿Dónde vamos? —quiso saber, al ver que daban vueltas y que el hombre se ponía cada vez más nervioso.

Un par de guardias de seguridad pasaron por su lado, hablando por unos walkie-talkies, y Seth se emocionó ya que era consciente de que ellos sí que podrían ayudarle a encontrar a Bella. Sin embargo el pelirrojo tiró con fuerza de su mano, haciéndole daño, y le señaló con la cabeza el escaparate de otra tienda de juguetes. Seth olvidó el dolor y miró con entusiasmo los diferentes juguetes, aunque no por mucho tiempo, ya que al instante el hombre volvió a arrastrarlo.

—¿Dónde vamos? —preguntó de nuevo, cada vez más desconfiado.

—Ya te lo he dicho —gruñó él. Estaban cerca de una de las salidas, pero lo que el hombre no esperaba era que más empleados de seguridad custodiaran las puertas. Con un suspiro de resignación se dirigió hacia el niño—: ¿Sabes?, creo que acabo de ver a tu padre y a tu tía entrar en esa tienda.

Seth miró en la dirección que le señalaba y se topó con un establecimiento cuyo escaparate estaba lleno de ropa moderna y de aspecto imposible. Sonrió, era un sitio donde perfectamente podía estar Alice.

El interior estaba tan lleno como el exterior, o incluso más, ya que era un espacio cerrado.

—¿Los ves? —preguntó Seth, poniéndose de puntillas.

—Sí, ven, sígueme.

El pelirrojo cogió disimuladamente un par de prendas de la sección de hombre y se dirigió hacia uno de los probadores, sintiendo la victoria por dentro al notar que estaba vació. El niño, que estaba entretenido buscando a sus familiares no se dio cuenta hasta donde lo conducían hasta que estuvo dentro del probador, con la puerta cerrada y en compañía de aquel alto y musculoso hombre.

—Shhh —dijo, tapándole al pequeño la boca con una de sus enormes manos—. He visto que papá está en el probador de al lado y he pensado que podríamos darle una sorpresa cuando salga.

El corazón de Seth volvió a latir a un ritmo normal después de aquel susto; asintió con la cabeza mientras agudizaba los oídos en busca de algún ruido procedente de su padre, sin embargo había hilo musical de fondo que, unido al murmullo incesable de la multitud, dificultaba cualquier intento de escucha que no fuera de alguien que se tuviera cerca.

En un rápido movimiento que el pequeño no pudo evitar, vio como el enorme hombre le tapaba la cara con lo que parecía una camiseta. Desesperado, intentó zafarse de ella, pero rápidamente le agarraron las manos y con otra prenda que no identificó, el pelirrojo se las ató a la espalda. Después volvió a coger la camiseta y le amordazó, para paliar los sordos chillidos que el niño dejaba escapar.

—Cállate, idiota —siseó el hombre, y de un empujón tiró al pequeño al suelo, que lo miraba atemorizado.

Tras ver que lo tenía controlado, sacó un móvil del bolsillo del pantalón y marcó un número de forma veloz. Se lo llevó a una oreja y lo sujetó con el hombro mientras no le quitaba los ojos de encima al niño, que se mecía descontroladamente sin entender muy bien lo que estaba ocurriendo. Sólo era consciente de que se había metido en problemas, y los recuerdos del pasado resurgían, haciéndole sentir tan desdichado como cuando vivía con sus padres biológicos. No sabía por qué aquel señor lo trataba así, pero si algo le habían enseñado era que a veces no hacía falta hacer algo para que te trataran mal, había gente que disfrutaba haciendo sufrir a los demás.

—Hola Felix, soy Demetri —empezó a decir el hombre a través del teléfono—. Estoy en Charlotte Russe, dentro de un maldito probador… ¿Que por qué? ¿Eres imbécil o qué te pasa? ¡Está todo lleno de guardas de seguridad! El niño llevaba dando vueltas un rato y habrán dado el aviso para buscarlo… Sí, ya se que se nos ha escapado de las manos, no hace falta que me lo recuerdes… ¿Tienes eso? Vale, vale, pues ven lo antes posible, tenemos que salir ya de aquí… No se va a ir todo a la mierda, llevamos planeándolo demasiado tiempo, así que tranquilízate, joder, y ven ya, necesito tu ayuda. Una vez lo saquemos de aquí ya podremos deshacernos de él, pero dentro del centro comercial es imposible…

Seth, con la vista desenfocada, no entendía nada de las palabras que intercambiaba el tal Demetri con su amigo, sólo deseaba que todo aquello acabara pronto, que la puerta cerrada dejara de estarlo y que alguien se diera cuenta de lo que estaba pasando. Necesitaba a Edward, necesitaba la sonrisa de Bella y escuchar un "no pasa nada, todo va a salir bien" de alguna de sus personas queridas. Mordió con fuerza y rabia la mordaza que tenía en la boca, sintiéndose indefenso e incapaz de hacer frente a aquella situación.

Demetri guardó el móvil y paseó por el estrecho cubículo que era el probador, nervioso. Después se quedó estático, miró fijamente al pequeño y con una sonrisa que le heló la sangre al niño se puso de cuclillas, para quedar a su altura.

—¿Has sido malo, eh Seth? —murmuró—. Tu mamá y papá de verdad están muy enfadados, muy enfadados…

Seth ahogó un grito y comenzó a sollozar con violencia. No entendía qué había hecho mal, sólo quería no pensar en sus primeros años de vida, esos que a diferencia de los demás chicos de su edad, recordaba con toda claridad y con lujo de detalles y en este caso, dolor.

—¿Por qué, Seth? —inquirió Demetri, apenado—. ¿Por qué tuviste que contar la verdad? —Aunque lanzaba preguntas que sabía que el niño no podía contestar, le gustaba ver la cara de sufrimiento de sus adversarios, fueran críos de menos de cinco años o adultos con alta experiencia en la vida. Demetri era un tipo duro, la típica persona que está dispuesta a dar palizas sin motivos. Sus profundas cicatrices eran su curriculum, su carta de presentación.

Seth entrecerraba los ojos, no quería ver a aquel hombre, pero tampoco quería perder detalle de lo que pasaba. Había aprendido a ser escurridizo en su pasado, si podía tener una posibilidad de salvarse, se aferraría a ella. Todos los años de maltrato le habían servido para conseguir una madurez —y también una frialdad— mental imposible para cualquier otro niño de cinco años que tuviera una vida normal.

—He hablado con tus padres, Seth —siguió hablando Demetri—. Con los de verdad, no con esa basura que te has buscado para salvarte… Y están muy preocupados, piensan que eres un peligro, puesto que si has podido hablar para contar el "supuesto" daño que te hacían, también podrías contar otras cosas que hayas visto u oído. Eres un inconveniente Seth, siempre lo has sido y lo serás. ¿De verdad crees que esa nueva familia de juguete que te has buscado te quiere? —rió cruelmente, en un tono bajo para no llamar la atención—. Según lo que me han contado eres realmente malo, ¿también te pegan tus nuevos padres? —esperó durante unos instantes la reacción del pequeño, pero al ver que se limitaba a llorar desconsoladamente volvió a sonreír—. Bueno, si no lo hacen no tardarán mucho, resultas insoportable. ¿No te han dicho nunca que los hombres no lloran?

Demetri se contuvo, tenía ganas de sacudir al niño. Su naturaleza era violenta, pero no podía llamar la atención en aquel sitio. Sólo tenía que esperar unos minutos más a que Felix llegara, se dijo a si mismo, después ya se encargaría de borrarlo del mapa, tal y como le habían mandado. Mientras tanto, sabía que debilitar psicológicamente a la presa era un buen punto de arranque; qué débiles eran todos cuando les hacían ver lo contrario a lo que creían, pensaba mientras observaba las lágrimas del niño. Nunca le habían gustado los críos, eran débiles e innecesarios, por lo que no se sentía incómodo con aquella misión. Se sentó en el suelo, recostándose contra una de las paredes. Echó un vistazo al reloj de pulsera que llevaba antes de centrarse de nuevo en su víctima, que se balanceaba nerviosamente.

—Oh vamos, compórtate como lo que eres —siseó Demetri y de un golpe lo irguió contra el espejo que tenía detrás, golpeándole así la pequeña cabeza. Un gemido ahogado por la prenda surgió del niño—. ¡Cállate joder, o te mato aquí mismo! ¿¿Me has entendido?? —Seth asintió levemente y se dedicó a mirar al suelo, sin intentar calmar su desbocado corazón. Si tenía que pasar algo, si le iba a pegar o a matar, prefería que fuera ya y que dejara de decir esas cosas que le hacían tanto daño.

Demetri siguió insultando al pequeño, recalcando defectos sin tan siquiera conocerlo.

—Tan débil… ¿Crees que podrás tener a alguien que te quiera alrededor alguna vez? Si te soy sincero, lo dudo; eres insoportable, no hay nada más que verte, todo el día gimoteando —comentaba en susurros.

El niño dejó caer la cabeza, abatido, y sollozó con más fuerza que nunca. Tenía el corazón encogido y todo su cuerpo temblaba; prefería los golpes a que siguiera hablando. Si sólo pudiera liberarse las manos y taparse los oídos, pensó. No pensaba en escapar, sabía que no tenía oportunidad alguna; lo único que quería era dejar de oír.

La sonrisa de Demetri se amplió notablemente al ver que sus palabras estaban surtiendo efecto. Entonces unos pies asomaron por el pequeño resquicio de debajo de la puerta, y reconoció enseguida los zapatos: unas botas Doc Martens de cuero, oscuras y altas. Soltó una exclamación triunfal y se levantó de un salto para entreabrir la puerta y recibir lo que esperaba de su amigo y compañero de trabajo. Felix metió la cabeza entre la pequeña ranura, haciendo como si estuviera viendo la ropa que se estaba probando la persona que ocupaba el probador.

—¿Todo bien? —preguntó con una voz que a Seth le pareció una voz igual de hosca que la de su opresor. Supo enseguida que estaba en el mismo bando que Demetri en aquella situación que no entendía aún, por lo que ni siquiera se molestó en hacerse notar.

—Cuando estemos lejos de este maldito centro comercial todo estará bien —bufó Demetri. Después recogió lo que disimuladamente Felix le tendía y volvió a cerrar la puerta—. Quédate ahí, tío.

Seth vio por fin aquello que Demetri tenía en las manos en ese momento: un pañuelo de tela blanco y una pequeña botella que no identificó.

—No podemos arriesgarnos, Seth —murmuraba Demetri mientras desenroscaba la botella y vertía líquido sobre el trapo—. No podemos arriesgarnos…

Se acercó hasta el pequeño, que pataleaba furiosamente en un intento de poner fin a la cada vez mayor cercanía, y apretó con furia y excesiva fuerza el pañuelo contra la diminuta nariz de Seth durante unos cinco segundos. El niño vio con desesperación como no podía hacer nada para librarse de ese olor tan fuerte que se estaba apoderando de sus sentidos y que estaba consiguiendo que todo se volviera de un deprimente color negro. Sin poder evitarlo, cayó desplomado sintiéndose más miserable e indefenso que en toda su vida.

.

—Alice… ¿Dónde está Seth? —La voz de Bella podría haberle helado la sangre a cualquiera.

—Y-yo… N-no lo sé Bella —Alice daba medias vueltas, mirando en todas las direcciones y angustiándose—. Lo tenía de la mano, Bella. ¡Lo tenía de la mano! —comenzó a sollozar, olvidando por completo que tenía aún el teléfono móvil en la mano.

Bella miró a Rachel, parecía tan preocupada como ella misma. No sabía qué hacer, no estaba preparada para situaciones como esa; pasaron unos segundos hasta que decidió serenarse y tender la mano para que Alice le entregara el teléfono.

—¿Jasper? —dijo nada más recibirlo.

—¿Bella? ¿Qué demonios ocurre? He oído algo de que Seth no estaba, lo he comentado en voz alta y Edward ha salido corriendo. ¿Me puedes explicar algo?

—¿Edward viene? —preguntó Bella, sintiéndose más aliviada. Se llevó una mano al pecho y aspiró con fuerza.

—Sí, estaba conmigo. Planeábamos ir a buscaros por lo que llamé a Alice y me dijo que estabais en el Manhattan, y como estaba al lado de casa pensé en ir a andando y a Edward le pareció buena idea… Después pasó todo este lío y me he perdido.

—Seth se ha extraviado, ahora te tengo que dejar, voy a buscarlo —Sin despedirse siquiera volvió a darle el teléfono a Alice y agarrando con fuerza la mano de Rachel, ya que no quería perder a otro niño más, comenzó con una caótica búsqueda.

Se desesperó aún más cuando el número de personas pareció crecer, imposibilitándole así el poder vislumbrar a un niño de menos de un metro y medio. Gimió y sintió convulsiones a su lado; al girarse se dio cuenta de que Rachel lloraba, con el rostro surcado por el desconsuelo. Se imaginó que su expresión debía ser similar, pero la agarró más fuerte y casi explota de alegría cuando vio pasar a un guardia de seguridad.

—¡Perdone! —exclamó Bella mientras corría hacia él, arrastrando a Rachel—. ¡Perdone!

Al final consiguió que el hombre le prestara atención y se girara para encararla.

—¿Pasa algo, señorita? —preguntó el guardia, mirando los alrededores para comprobar que todo estaba en orden.

Bella jadeó por la carrera pero decidió ser rápida, contra menos tiempo perdiera, más sufrimiento le ahorraba a su pequeño.

—Sí, verá, he perdido a… —se calló durante una milésima segundo, preguntándose a sí misma si se sentía preparada para dar el paso. Sonrió al sentir que sí—… mi hijo. Lo dejé un segundo con su tía pero se ha despistado y no logro encontrarlo.

El hombre suspiró, había casos de pérdidas de niños en aquel centro comercial más de lo que a él le gustaría.

—¿Tiene una foto suya? —preguntó.

—Sí —La voz de Alice los sobresaltó. Tenía las mejillas manchadas de maquillaje corrido y la culpa le hacía parecer atormentada. Sacó su enorme cartera y enseñó al guardia una pequeña fotografía de su sobrino—. Se llama Seth Cullen, tiene casi cinco años y llevaba pantalones vaqueros y un abrigo negro.

El hombre cogió un walkie-talkie y pulsó un botón.

—Aquí Ateara, se ha perdido un niño de unos cinco años, delgado, de pelo marrón y ojos…

—Verdes —dijeron Bella, Alice y Rachel a la vez.

—… De ojos verdes. Viste pantalón vaquero y abrigo negro. Ah, su nombre es Seth Cullen.

Ok, avisaré a las otras plantas —contestó una voz desde la máquina.

Ateara se lo volvió a guardar y dirigió una sonrisa amistosa a las chicas.

—Lo encontraremos, estén tranquilas. Vamos a dar una vuelta por esta zona, a ver si damos con el pequeño Seth.

Alice y Bella intercambiaron una mirada cargada de temor; Bella vio que su amiga se estaba torturando mentalmente por haberse despistado, por lo que cogió una de sus manos y la apretó para infundirle tranquilidad. Alice sonrió levemente y se pasó la otra por los ojos, secándolos.

—Edward me va a matar, ¿verdad? —murmuró, con una risa nerviosa.

—No dejaré que te haga nada —medio bromeó Bella antes de sumergirse por completo en la búsqueda de Seth.

Las dos sacaron fotografías del pequeño y fueron preguntándole al máximo de personas que podían. Sólo conseguían negativas y empezaban a preocuparse de verdad. El guardia de seguridad de la planta baja, Ateara, iba más adelantado que ellas, hablando de vez en cuando por el retransmisor.

—No, lo siento, no lo he visto —le dijo a Bella una chica de unos diecisiete años a la que le había preguntado.

Bella se llevó una mano a la cabeza retirando el pelo que tenía sobre la cara, y con un enorme suspiro de frustración volvió a recorrer con la mirada toda la superficie, a sabiendas de que a menos que la mitad de las personas que había por allí desalojaran el centro comercial, jamás encontrarían a un niño tan pequeño. De repente, el corazón le bombeó con fuerza al ver aquella maraña de pelo cobrizo tan conocida.

—¡Edward! —exclamó, agitando un brazo por encima de su cabeza.

Una vez que el chico estuvo cerca suya fue a abrazarlo, pero le correspondió de forma seca y cortante; parecía extremadamente nervioso.

—¿Lo habéis encontrado? —preguntó, con la voz fatigada. Bella imaginó que habría venido corriendo desde la casa de Alice y Jasper, que estaba relativamente cerca.

—N-no.

—¡Joder! —exclamó y llevó ambas manos hasta su cabeza, alborotando más aún su cabello—. Voy a buscarlo, ¿habéis hablado con los de seguridad?

—S-sí… —respondió Bella, atemorizada ante el comportamiento de Edward.

Alice apareció, había estado interrogando a un grupo de jóvenes que tomaban un helado en una de las heladerías de esa planta. Venía con el rostro alicaído, y el ver a Edward no la animó.

—E-edward —musitó, e inmediatamente se puso a gesticular exageradamente con las manos, cosa que hacía cada vez que estaba nerviosa—. Y-yo no sé que ha pasado. Lo tenía bien sujeto y al coger el móvil…

Edward miró con tanta fiereza a Alice que la hizo temblar.

—¿Cuándo vas a madurar, Alice? —preguntó, y los ojos de su hermana se humedecieron más aún—. ¡No sabes lo que acabas de hacer, joder! ¡No sabes nada! ¡No tienes ni puta idea de nada! —gritó, descontrolándose al completo.

Bella acortó la distancia que había entre ellos y acunó la cara del chico entre sus manos, alzándola para que la mirase.

—Eh… —dijo ella. Edward se limitó a seguir con su cara de sufrimiento absoluto—. No va a pasar nada cariño, todos los niños se pierden en sitios como este…

—Joder Bella, tú tampoco lo entiendes… —murmuró, apesadumbrado.

—Pues explícanoslo, es imposible si no lo haces —contestó ella, con voz dulce e intentando no perder la calma.

Edward se mordió el labio inferior, gesto nunca visto antes en él, y después sacudió la cabeza.

—Voy a hablar con el de seguridad. ¿Es ese, verdad? —preguntó, señalando a Ateara.

—Sí —murmuró Bella, dolida por su rechazo. No entendía por qué no quería explicarle lo que fuera; quizás era tan doloroso o desconcertante que ni le salían las palabras, pensó intentando encontrar una respuesta.

Alice estaba echa polvo, Edward jamás le había levantado la voz. Todo lo que recordaba de él eran palabras cariñosas y gestos fraternales; nunca se había dirigido a ella de esa forma y eso le aterraba, sólo podía significar que el asunto debía de ser serio.

Bella, su amiga y Rachel vieron como Edward intercambiaba una conversación atropellada con Ateara, y que este último se ponía más serio a medida que avanzaba el dialogo. Después sacó por enésima vez su retransmisor y esta vez dio órdenes en un tono de voz más duro; tras eso, salió corriendo, con Edward pisándole los talones.

—¿Qué pasa ahora, Bella? —sollozó Rachel—. ¿Por qué no vuelve Seth?

Bella se puso de cuclillas, a la altura de la pequeña, y sacó un pañuelo de papel de su bolso con el que limpiar las mejillas de la niña.

—Rachel, Seth va a estar con nosotros dentro de poco, ¿vale?

—Pero yo quiero que sea ahora… No quiero que esté perdido y asustado —susurró entre hipidos.

—No está asustado cariño —la tranquilizó Bella—. Ya verás, seguro que está en alguna tienda de juguetes o algo así, ¡es tan despistado!

La niña pareció calmarse un poco, y Bella se estiró. No sabía cuánto tiempo iban a estar buscando al pequeño, pero le dolía el alma sólo con pensar cómo lo estaría pasando. Se tragó las lágrimas, tenía que ser fuerte y darle ejemplo a Rachel y a Alice, que se encontraba sumida en la miseria.

—Alice, vamos —le susurró—. Sabes que Edward sólo estaba nervioso, estoy segura de que cuando todo esto pase irá a pedirte perdón llorando como un niño.

Alice compuso una sonrisa y hundió la cabeza en el pecho de su amiga, necesitando consuelo.

—Lo vamos a encontrar… —murmuró Bella—. ¿Cuántas veces nos perdimos nosotras a los siete años? Esme y Renée ya ni nos buscaban, ¿te acuerdas?

Bella se enganchó a su amiga y dirigió sus pasos en la dirección por la que Edward había desaparecido, intentando levantar el ánimo de las dos que la acompañaban.

Edward por su parte se desesperaba más a cada angustiante segundo que pasaba. No sabía como había podido ser tan estúpido, simplemente había subestimado la llamada telefónica que recibió días antes. Sólo esperaba que fuera una casualidad, que Seth simplemente se hubiera perdido como un niño más y que no hubiese ciertas personas implicadas en el asunto, porque si era así, se volvería loco y cometería alguna estupidez. Era la segunda vez en su vida que perdía los nervios de esa forma, y la primera también había estado relacionada con Seth, su Seth.

Miró a través de los escaparates de todas las tiendas, intentando encontrar alguna cara conocida o algo sospechoso. Simplemente había gente disfrutando de las vísperas navideñas, comprando regalos por doquier y riendo despreocupadamente. Sentía cómo su corazón le golpeaba el pecho, frenético. No podía perderlo, era lo que más quería en el mundo, no le veía sentido a la vida si algo le pasaba a su pequeño.

"Hoy he visto por la calle a eso que llamas hijo tuyo. Doctor, debería saber que no está bien apropiarse de bienes ajenos… Como dicen por ahí, no hay que cogerle cariño a las mascotas, se sufre mucho cuando se van, ¿verdad?" Aquella frase seguía resonando en la cabeza de Edward, no había podido deshacerse de ella desde que descolgó el maldito teléfono aquella fatídica tarde.

Seth no iba a sufrir de nuevo, se repitió mentalmente mientras corría por las escaleras de una planta a otra en su búsqueda intensiva, era demasiado noble, demasiado bueno como para que le ocurrieran todas esas cosas horribles que no tenían nombre. ¿Por qué se empeñaban en hacerle sentir desgraciado? ¿Acaso no veían en él los demás toda la bondad que desprendía? Se sentía desalentado, no le cabía la menor duda que la desaparición de su hijo tenía que ver con los cabrones de sus padres biológicos, pero aún no veía la conexión. Ellos se estaban pudriendo en la cárcel, y aún les quedaban unos cuantos años como para salir. Mientras recorría la segunda planta pegado a la barandilla desde la cual se podía ver también la primera para no perder detalle de nada, se devanó los sesos buscando una conexión. Repasó el juicio en contra de los progenitores de Seth mentalmente, intentando encontrar un resquicio, una explicación. ¿Por qué querrían al pequeño? ¿Qué podría suponer un niño de cuatro años en su contra, dejando aparte la denuncia por malos tratos? ¿Qué más había? Seth jamás le había hablado acerca de ellos, y Edward lo entendía; no era necesario ese sufrimiento, ni el rememorar todo lo vivido. Eran felices juntos, los dos tenían un pasado que querían olvidar, en el caso de Edward fueron esos años de exilio y soledad, lejos de su familia por su propia voluntad; y en el caso de Seth, pues era evidente lo que no quería recordar.

Suspiró y se recostó sobre la barandilla con la sensación de que no estaba avanzando nada. Apoyó los codos en esta y dejó caer la cabeza en sus manos, mortificándose a sí mismo. Vio a Bella y a Alice hablando con un par de personas a las que les enseñaban algo. Supuso que era una foto de Seth y gimió, un dolor agudo le taladró el pecho. Decidió terminar su leve descanso, ya tendría tiempo para no hacer nada cuando su pequeño estuviera entre sus brazos. Se estaba separando lentamente de la baranda cuando un destello pelirrojo le llamó la atención entre la marea de gente. Siguiendo su instinto caminó a lo largo de la valla para quedar justo encima de aquel hombre que iba cargado de lo que supuso que eran bolsas de la compra y que se movía de forma extraña: a veces aceleraba el paso, otras veces iba más despacio. Justo cuando quedó debajo de él se dio cuenta de lo que realmente llevaba en los brazos: ni más ni menos que un niño dormido. Un niño al que aunque no podía verle bien las facciones, tenía el pelo liso y castaño, del mismo color que su Bella. Edward se quedó estático durante una milésima de segundo, la que necesitó para poner en orden su frenético cerebro y saber cómo actuar.

Se echó a correr, en dirección a las escaleras mecánicas. Al ver a un par de guardias de seguridad no dudó un momento en gritar:

—¡Abajo! ¡Mi hijo está abajo! ¡Lo lleva un hombre alto y pelirrojo!

Sin perder un segundo, los guardias sacaron sus porras y se dirigieron escaleras abajo. Edward, inteligentemente, asomó la cabeza por la barandilla e hizo señas a Ateara. Dio gracias a que fuera tan profesional y que estuviese mirando en todas direcciones, atento a cualquier movimiento fuera de lo normal.

—¡Allí, joder! —exclamó Edward, gesticulando y señalando al pelirrojo. Al ver que Ateara no entendía lo que quería llegar a decir, se señaló a sí mismo el cabello y después volvió a apuntar con los brazos al punto pelirrojo entre la muchedumbre. Él pareció cogerlo al instante y tras hablar por su trasmisor de nuevo salió corriendo tras el sospechoso.

Con el corazón en un puño, Edward bajó las escaleras mecánicas, empujando a las personas que estaban inmóviles, esperando a que estas las transportaran de un punto a otro sin prisa. Sin embargo él si que la tenía, por lo que se bastó de los codos para hacerse paso y tardar menos de quince segundos en estar en la primera planta y, contra todo pronóstico, sin romperse la cabeza.

Una vez pisó el suelo firme se chocó con una chica preciosa y castaña que olía de la forma más maravillosa del mundo, tanto que le hizo distraerse durante una fracción de segundo.

—¡Seth! —le gritó Edward a Bella, y esta no necesitó más palabras para entenderle y corrió tras él.

Edward volvió a usar su fuerza bruta y sus brazos para quitarse de en medio a los paseantes que le entorpecían. No iba a parar hasta tener a ese tipo delante de él y si hacía falta, acabaría con él utilizando sus propias manos. Jamás había sido agresivo, y todos estos pensamientos que se agolpaban dentro de él lo atemorizaban al mismo tiempo que le infundían valor para seguir adelante.

Se le cayó el alma a los pies al ver que la congregación de gente se hacía más y más densa a medida que avanzaba; la salida estaba próxima y no pudo evitar sentir pánico al pensar que quizás aquel miserable había podido escapar. Se sentía furioso con la gente, ¿qué pasaba?, ¿de dónde había salido tanta? Y entonces lo supo. Un corrillo de uniformados, que reconoció como los propios guardias del enorme centro comercial, estaban en el centro, de espaldas a él. Llegó hasta ellos y casi se cae de rodillas al ver que tenían inmovilizado al pelirrojo y a un tipo más que no identificó. Paseó la vista, nervioso, y vio a su pequeño dormido entre los brazos de uno de los guardias, el cual no sabía muy bien que hacer con él.

—¡Seth! —volvió a exclamar, con voz ahogada.

Tras un largo suspiro fue hasta él, pero antes de llegar cambió de idea y se giró hasta quedar justo en frente del hombre del pelo del color del fuego y de los uniformados que lo agarraban con fuerza. Tenía unas esposas puestas, pero se zarandeaba intentando escapar del agarre de la autoridad.

Edward no se lo pensó. Caminó decidido hasta él, dio un empujón violento a ambos guardias para apartarlos de su camino y con toda la fuerza que pudo estrelló su puño en la boca de aquel desgraciado. Sintió un dolor punzante en los nudillos y pensó que seguramente se los había roto, pero no le importaba, tampoco le importaban los gritos de la gente de su alrededor. Sólo podía mirar con odio al hombre que yacía en el suelo sangrando, a sus pies.

—El único animal que hay aquí eres tú —le escupió, recordando lo que le había dicho por teléfono.

Demetri no dijo nada, básicamente porque era incapaz de mover los labios sin sentir aquel dolor agónico.

—¡Deténgase ahora mismo! —Ateara sujetó a Edward por los hombros, pero no hacía falta. Edward ya había hecho lo que necesitaba hacer.

Vio que había otro hombre detenido, y que a él no le había pegado. Supuso que los de seguridad se mosquearían con él y que quizás lo llevarían hasta prisión preventiva por agresivo, así que se contuvo.

—No voy a hacer nada más, puede soltarme —dijo Edward absolutamente tranquilo.

Ateara lo miró receloso pero cesó su agarre. Una vez libre, Edward fue corriendo hasta donde estaba el joven que cogía a Seth y se lo quitó de sus brazos con brusquedad.

Sin poder evitarlo un sollozo salió de lo más profundo de su ser. Había aguantado demasiado sin llorar, la presión que había sufrido era terrible y en ese momento se sentía tan aliviado que no podía detener las lágrimas que surgían de sus ojos. Se sentó en el suelo, contra la pared, agarrando fuerte a su hijo y acunándolo. Metió la cabeza en el hueco del cuello del pequeño y se evadió de la realidad. Sintió una mano suave en su cabeza, que reconoció al instante como la de Bella. Podría reconocerla en cualquier momento, fuera cual fuese la situación. Sin embargo no levantó la mirada, no se sentía preparado. Sin disminuir sus sollozos se separó de Seth y lo examinó. Controló su pulso y vio que era estable, levantó sus párpados y notó que seguía teniendo bien los reflejos. No presentaba síntomas de desmayo, por lo que llegó a la conclusión de que simplemente lo habían dormido, supuso que haciéndole inhalar éter o cloroformo.

—Dios mío… ¿Por qué sangra? —susurró Bella, atemorizada, desde encima de su cabeza.

No entendía su pregunta, y momentáneamente se asustó, quizás sí que estuviera herido y no se había dado cuenta. Sin embargo, al pasear la mirada por el cuerpo del pequeño y ver su ropa manchada de sangre, sonrió.

Elevó la cabeza y se encontró con los enrojecidos ojos de Bella.

—Es posible que… —empezó a decir Edward—. Bueno, que la sangre sea mía.

Bella abrió al máximo la boca cuando este le enseño su mano derecha.

—¿Cómo…?

—Creo que te has perdido la parte en la que le he partido la boca a… ese —comentó amargamente Edward, señalando con la cabeza a Demetri, que aún seguía en el suelo.

Los siguientes minutos fueron confusos. Bella llamó al señor Jefferson para que fuera a recoger a su nieta, la cual lloraba sin cesar, dándole una breve explicación de lo que había pasado y este se presentó en cuestión de minutos. La policía llegó, tomó los datos personales de todos y se llevó a los dos esposados, prometiéndole a Edward y a Bella —después de que esta comentara "casualmente" que era hija de un importante jefe de policía del distrito de Nueva Jersey— que algún oficial iría a su domicilio a ponerles al corriente en cuanto se supiera algo. Alice por su parte lloraba descontroladamente. La gente que había alrededor se empezaba a dispersar, pero aún así era incómodo tener a tantos pares de ojos pendientes de cada movimiento. Bella no entendía nada de lo que había ocurrido, y menos el por qué Edward se negaba a explicarle las cosas. Sabía que tenía pendiente una larga conversación con él, pero que ese no era el momento adecuado. Su corazón se encogía cada vez que veía a este abrazar celosamente a su hijo, sin querer soltarlo en un solo momento.

También había llegado una ambulancia proveniente del mismo hospital donde Edward trabajaba. Aunque conocía a los conductores y médicos que iban en ella no consiguió evitar que se pusieran a coserle la mano en ese momento, a pesar de que incluso había alegado que más tarde se lo haría él mismo si hacía falta. Unos minutos y una gran venda después, Edward volvió a examinar al pequeño.

—¿Por qué no se despierta, Edward? —susurró Bella.

—Puede que le hayan suministrado una dosis excesiva para su tamaño —conjeturó Edward—. No quiero despertarlo de golpe, ha vivido una experiencia muy traumática. Prefiero que sea él quien abra los ojos por voluntad propia. Lo único que puedo hacer es permanecer a su lado y ser lo primero que vea.

Bella asintió, de acuerdo con sus palabras.

—Chicos yo… Yo me voy —Alice se mordía el labio y evitaba entablar contacto visual con su hermano.

Bella jamás la había visto tan desaliñada, sin una pizca de maquillaje y con los ojos tan enrojecidos.

—Alice —dijo suavemente Edward—. Lo siento mucho, no tienes la culpa de esto.

—¡Claro que la tengo! —gritó Alice, con nuevas lágrimas— ¡Es mi maldita responsabilidad, y me merezco tus palabras y que no vuelvas a confiar en mi para…!

Edward sonrió y le entregó a Seth a Bella, la cual lo cogió con mucho gusto. Después se acercó hasta su melliza y la abrazó como nunca antes. Se encorvó y apoyó la cabeza en su hombro, con los ojos fuertemente cerrados.

—Siempre voy a confiar en ti —le susurró al oído—. Siempre. ¿Entendido?

—S-sí —lloriqueó Alice, estrujándolo entre sus delgados brazos.

—¿Vendrás mañana a ver a Seth? —propuso Edward—. Creo que necesitará reír un poco y yo estaré liado con la policía y todo eso.

—Por supuesto —murmuró Alice, que no se sentía merecedora de aquel perdón aún.

—Te quiero muchísimo, ¿lo sabes, verdad? Siento haber sido tan…

—¿Tan padre preocupado? —le ayudó Alice—. Es una virtud Edward, no un defecto.

Después de unos cuantos abrazos más y otras cuantas palabras cariñosas, Alice se separó de su hermano y se fue a su casa. Estaba agotada, había sido uno de los días más extraños y dolorosos de su vida.

Edward, cargando a Seth, y Bella, cogieron un taxi para ir hasta su apartamento. No tenían ganas de andar aunque su destino se encontrase a escasos metros. Bella necesitaba una ducha urgentemente, meterse en la cama y pensar que todo había sido un mal sueño. Ni si quiera estaba segura de si quería o no explicaciones.

Una vez estuvieron dentro de la casa, Edward dejó a Seth en su cama y le desvistió para ponerle el pijama, aunque lo que realmente quería era comprobar si había evidencias de algún tipo de violencia. Bella observó cómo estudiaba Edward el pequeño cuerpo del niño.

—¿Cómo puede alguien hacer algo así? —susurró esta al ver la infinidad de cicatrices de heridas profundas que conformaban su suave y rosada piel.

—Gentuza —siseó Edward.

Bella puso una mano en su brazo. Nunca se había imaginado lo duro que tenía que ser para Edward, que amaba a Seth de esa forma tan sobrenatural como era el amor de un padre, ver cada día las terroríficas marcas de las torturas a las que había sido sometido el niño.

Lo que Bella no se esperaba era que se volviera a derrumbar de la misma forma que en el centro comercial. Se sentó en la cama al lado de su hijo y enterró la cara en las manos mientras su cuerpo se sacudía por el llanto.

Bella se acercó, quedándose de pie, y le quitó las manos para ponérselas en su propia cintura, después hundió los dedos en su cabello y le atrajo su cabeza hasta ella, a la altura del pecho. Nunca había visto de esa tesitura a Edward, él siempre era valiente y solía tener buen humor, era alegre y bromista. Sin embargo en esos momentos no podía dejar de llorar, y ella sabía que no había otra cosa que hacer que no fuera consolarlo. Se sintió más unida que nunca a él, sentía su dolor y las lágrimas que caían por sus mejillas eran consecuencia de las que le caían a él.

Se mantuvieron en esa posición durante unos escasos minutos.

—Ya estoy bien —medio sonrió Edward, con los ojos brillantes y las mejillas pegajosas por aquel líquido salado que parecía no cesar—. En serio, ve a ducharte, tienes cara de estar deseándolo.

Bella elevó una ceja, evaluando las expresiones de su chico. Al final decidió que no pasaría nada por ir a relajarse bajo el chorro caliente de agua. Depositó un beso en la frente de Edward y sin poder resistirlo besó también sus labios, que estaban salados y suaves.

Fue corriendo hasta el cuarto de baño y se dio la ducha más rápida de su vida, aunque también la más reconfortante. Quería darle la oportunidad a Edward de que también se pudiera relajar, aunque sabía que iba a tener que despegarlo de Seth con una espátula.

Secándose el pelo con una toalla, con el pijama más cómodo que tenía y andando en calcetines y sin zapatillas, fue hasta el cuarto del niño donde Edward estaba acariciándole el pelo con ternura. Tras una leve discusión acerca de si era conveniente que Edward se duchara o no, este se fue hasta el servicio refunfuñando, y Bella se subió a la cama para sentarse al lado del pequeño.

Se quedó maravillada como siempre que estudiaba con detenimiento sus facciones. Estaba creciendo a una velocidad alarmante y sentía miedo, dentro de unos años empezaría a ser más y más independiente, así hasta que al final acabara olvidándose de ella. No sabía qué es lo que tenía que lo hacía tan encantador pero estaba totalmente enamorada de él, en el sentido fraternal del término. No podía concebir que un niño de su edad fuera mejor que él. Para Bella, Seth era único, había llegado a lo más profundo de su corazón y a veces se preguntaba si ese era el tipo de amor que una madre sentía por sus hijos. Quizás debería esperar a tener hijos propios para saberlo, pensó. Sin embargo, después se dio cuenta de que sería perfectamente feliz si su familia se redujese a Edward, Seth y ella. Ni más ni menos, eran los componentes básicos que necesitaba para el día a día.

Sintió una repentina sed y viendo que Edward aún seguía en la ducha, ya que escuchaba el agua caer, se levantó con cuidado y apagó la luz del dormitorio para después dirigirse a la cocina sintiendo que cada paso que daba le costaba más. Necesitaba tumbarse en su cómodo colchón, con Edward al lado abrazándola y acariciándole la espalda. Sonrió estúpidamente al saber que eso pasaría en cuestión de momentos y se sirvió un vaso de agua. Mientras bebía abrió la alacena donde guardaban la mayoría de los alimentos que no necesitaban estar en frío y buscó con la mirada algo como galletas; casi saltó del entusiasmo al encontrar un paquete abierto de Chips Ahoy. Las cogió y se puso a servir dos vasos de leche, pensando que a Edward también le apetecería algo así.

Estaba vertiendo el líquido en uno de los recipientes cuando un chillido aterrador le atravesó los oídos. Sin poder evitarlo la botella de leche cayó de sus manos, derramando su contenido por el suelo. Bella la cogió rápidamente y la puso de pie en la encimera para después saltar el charco que se había formado y correr hasta el origen de los descorazonadores gritos. Llegó al cuarto de Seth y encendió la luz, había sido una imbécil al apagarla, pensó, lo único que había conseguido era asustar más al niño. Estaba segura de que había pensado que lo tenían encerrado en algún sitio desconocido para él. Sin embargo, aún con la luz encendida y con la imagen de su propio dormitorio delante, Seth no dejaba de llorar.

Bella se acercó corriendo hasta él y lo estrechó entre sus brazos, intentando calmarlo.

—Ya está, cariño, ya está —murmuró contra su pelo—. Soy yo, soy Bella…

Seth pareció reaccionar y pasó sus delgados brazos a través del cuello de Bella. Ante tal cercanía, Bella pudo notar cómo de rápido latía el corazón del pequeño y lo asustado que parecía y su ánimo se hizo pedazos. No podía soportar que él llorara, era duro ver a Edward así, pero este en cuestión era fuerte; sin embargo Seth todavía era un niño, un niño que había vivido cosas no recomendables para su edad.

Edward irrumpió en la habitación con el torso desnudo y mojado. Daba la impresión de que se había quedado a medio vestir, ya que sólo tenía puestos los pantalones del pijama. Corrió hasta su hijo y no supo que hacer. No quería arrebatárselo a Bella, como si ella no fuera capaz de consolarlo, pero quería sentirlo cerca. Acarició la espalda del pequeño y este lloró aún más fuerte, asustado.

—Vamos Seth, soy papá —murmuró Edward, sentándose al lado de Bella.

El niño levantó la cabeza del cuello de Bella al escuchar la voz de Edward y al ver que realmente era quien decía ser sollozó con todas sus fuerzas. ¿Y si era verdad que no le quería, o que al final se cansaría de él? Pero no pudo evitar alargar los brazos para que le cogiera y le consolara. Era lo único que necesitaba, sentirse querido por esas dos personas tan importantes para él.

Edward no se lo pensó dos veces y tras ver la cariñosa y comprensiva sonrisa que le mandaba Bella, cogió a su hijo y lo apretó contra su pecho. Este se agarró con fuerza a su piel desnuda, con miedo a que se marchara.

—No pasa nada, ya no hay nadie que quiera hacer daño, Seth —le susurró Edward y las convulsiones de su hijo aumentaron al rememorar lo pasado, pero escondió la cabeza para que no le vieran, recordando lo que Demetri le había dicho sobre sollozar—. Es bueno llorar cariño, no te escondas. Llora todo lo que quieras, Bella y yo estaremos aquí contigo para lo que necesites.

Seth levantó levemente la cabeza y apaciguó sus lágrimas, aunque no cesaron. Pasó al menos una hora hasta que el temblor de su cuerpo se calmara y dejara de hipar descontroladamente.

—Cariño —le llamó Bella—, ¿quieres comer unas galletas y un poco de leche?

Tímidamente, Seth asintió. Normalmente se hubiera levantado y hubiese insistido en preparárselo sólo, pero ahora necesitaba sentir que se preocupaban por él y sobre todo que le mimaban.

—¿Quieres ir con Bella? —preguntó suavemente Edward—. Tengo que ponerme una camiseta o me volveré a resfriar, dudo que queráis pasar otro fin de semana acompañados por mis mocos y…

—¡Ve a vestirte! —le cortó Bella con una amplia sonrisa, intentando así que el pequeño viera que todo volvía a la normalidad. Seth se despegó de Edward y corrió a los brazos de Bella—. Dios mío Seth, dentro de poco no podré llevarte encima… ¡Si ya pesas más que Emmett!

Seth sonrió tímidamente como respuesta y volvió a hundir su cabeza entre el cabello de Bella, acariciándolo con sus manitas y relajándose al sentir cómo lo transportaban de un sitio a otro.

—Tenemos un problema —comentó Bella con un suspiro frustrado—. Se ha creado una especie de lago de leche en nuestra cocina.

El líquido se había extendido ocupando la mitad de la superficie. Seth miró el suelo y soltó una risita sofocada que emocionó a Bella.

—¿Qué crees que es mejor, Seth? ¿Limpiarlo o bebérnosla con una pajita?

—Quizás… —empezó a decir en un susurro, tenía la voz ronca e irreconocible—. Quizás podríamos poner galletas para que se coman la leche.

Bella rió con fuerza y sentó a Seth en la encimera. Hacía unas mañanas, el niño se había emocionado al ver que las galletas, cuando se metían en leche, aumentaban mientras que el blanquecino líquido disminuía. Aún riendo, fue hasta donde estaba la fregona y empezó a restregarla con fuerza.

—¿Sabes, Seth? Hubiera sido una buena idea, pero prefiero que seamos nosotros los que nos comamos las galletas.

Edward, que entraba ese momento en la cocina pasándose una toalla por el cabello aún húmedo paró en seco al ver a Bella peleando con el suelo usando como arma la fregona. Parecía en serios apuros, ya que la leche nunca desaparecía y lo único que conseguía era que todo quedara pringoso. Con una risita, Edward le arrebató la fregona y comenzó a limpiar él, con más fuerza e ímpetu que la chica. Ella, agradecida, puso a Seth en el suelo para después entregarle uno de los vasos que tenía servidos.

—Corre, ve a nuestra habitación antes de que papá te lo impida —susurró Bella, que puso el vaso que faltaba y las galletas en una bandeja y le siguió, dejando a Edward con la limpieza.

Anduvieron deprisa para que Edward no les regañara o evitara que comieran en la cama. Una vez en el dormitorio se subieron a esta y devoraron las galletas con avidez. El día había sido cansado para todos y los ojitos de Seth comenzaban a cerrarse.

—Bella —murmuró, frotándoselos con las manos—. ¿Puedo dormir aquí hoy?

—Por supuesto, no podría dormir sin ti hoy —sonrió Bella mientras besaba su frente.

Quitó la pequeña bandeja de la cama para ponerla sobre la mesita de noche, sacudió las sábanas con la mano y las retiró. Seth se metió en ellas momentáneamente y se acurrucó contra la almohada.

—Ahora venimos papi y yo, voy a ver si la leche le ha comido o algo —bromeó Bella tras besarle de nuevo. El niño le agarró con fuerza la mano y le miró profundamente, como queriéndole hacer entender que necesitaba que estuviera con él—. Vengo en un momento, descansa mientras. ¿Quieres que apague la luz?

—¡No! —exclamó asustado.

—Está bien, dejaré esta lamparita encendida —murmuró Bella, encendiendo la que estaba en su mesita. Después cogió la bandeja, apagó la luz general del dormitorio y dejó la puerta entreabierta.

Edward aún seguía limpiando, pero parecía estar relajado. Aplicar todas sus fuerzas en refregar la fregona contra el pringoso suelo era un buen método antiestrés.

—Te hemos esperado para comer, pero te veo muy ocupado —comentó Bella, apoyándose en la nevera.

Edward la miró y sonrió, no tan alegre como siempre, pero aún así consiguió acelerar el pulso de la chica. Guardó los instrumentos de limpieza y se acercó hasta ella, con necesidad de besarla. Acarició su cuello con los dedos y depositó suaves besos en su nariz y labios. Bella agarró con delicadeza su cabeza y la acercó más a la suya para fundirse así en un beso largo y profundo. Pasó la lengua por los labios del chico, los mordisqueó y succionó, provocándole descargas de adrenalina. Edward la agarró con fuerza y la llevó hasta el sofá del salón. No se sentía con ganas de hacer el amor, estaba exhausto física y emocionalmente, sólo le apetecía estar tumbado con ella y besarla.

Y así fue, tendidos en el cómodo sofá entrelazaron sus piernas y se abrazaron el uno al otro, necesitando cariño.

—Te quiero… —susurró Edward con una media sonrisa de enamorado.

—Y yo —respondió Bella, incapaz de parar de besar aquellos labios tan adictivos.

—Gracias por todo, por aguantarme y consolarme cuando lo necesitaba—murmuró él, poniendo un dedo en la barbilla de la chica y elevándole la cabeza para mirarla fijamente.

Bella acortó la distancia existente entre ellos y le cerró suavemente los párpados con los dedos para después depositar pequeños y tiernos besitos sobre ellos.

—Para que no llores más —musitó ella entre risitas.

—Nunca me habían babeado los ojos, pero ha sido genial —comentó Edward, divertido pero también encantado.

Siguieron entrelazados, disfrutando de aquella intimidad. Aunque estaban cansados, no les apetecía dormir si eso significaba dejar de ser consciente del otro. Hacía tiempo que no podían disfrutar de momentos de tranquilidad; vivir con un niño pequeño complicaba ese aspecto, por lo que preferían alargarlo al máximo ahora que podían antes que ir a descansar.

Estaban muy entretenidos riendo tontamente y besándose sin cesar cuando sonó el timbre de la casa. Se miraron extrañados, pero fueron inmediatamente a abrir los dos juntos.

—Buenas noches, ¿el señor y la señora Cullen? —preguntó un hombre con uniforme de policía.

Bella enrojeció a más no poder al escuchar lo de "señora Cullen", pero el rostro de Edward siguió imperturbable.

—Sí, ¿qué desea?

—Soy Sam Uley, policía —se presentó solemnemente—. Vengo a darles información relacionada con el suceso de esta tarde en el centro comercial en el que se vio inmiscuido su hijo. Quizá les pueda aclarar algunas dudas.

Edward y Bella se miraron anonadados, pero al segundo se hicieron a un lado e invitaron al joven policía a que entrara en el domicilio, ansiosos por conseguir información.

17 comentarios:

duffy dijo...

ay pobre seth
me e artado de llorar
como puede aver gente asi de mala

Anónimo dijo...

pore edward la q a tenio pasar
bueno sobre todo seth pobrecito

Anónimo dijo...

y esa alice como llorava
bueno y como lloraba yo

palioma dijo...

como se an atrevido hacerle eso a seth con lo bueno q es

Anónimo dijo...

felicitaciones laura eres la mejor
se q es pronto pero otro capitulo pliss

Ma. Alejandra dijo...

AAAhhh que penita!! esta muy bueno el fic. porfa otro capitulo
y gracias por escribir

Anónimo dijo...

Dios mio jamás pensé tener los nervio de punta
casi llore cuando me di cuenta de lo que
sucedía. Pobre Seth todo el miedo que tuvo
y Bella me imagino su angustia y Edward
ni hablar el pobre casi se muere literalmente.
Gracias a Dios lo encontraron sino no dormía
hoy..... No puedo esperar hasta el próximo
capi Subelo pliss!!!!!

Anónimo dijo...

Increible!!! emocionante!! sin palabras...

Quinuy dijo...

De los mejores capitulos q has hecho laura.... q agonia y sufrimiento al no saber si iban a encontrar a seth...me tuviste con el corazon arrugado en todo el capítulo, volvi a respirar cuando encontraron a seth....

Felicidades laura sigue asi!!!:D:D:D

PD: tmb me gusta mucho libros escritos para chicas

diana dijo...

hay por finnnnnnnnnnnnnn!!!!!!!!!!! q capitulo por diossssssssssssssssss me encantoooo me encantooooooooooo te quedo barbaro por favor pobre seth gracias a dios lo encontraronnnn besitosssssssss

dany dijo...

waaa.. pobre seth casi lloro!!!me encanta esta histoia si q tienes talento!! bueno publica pronto plis

Anónimo dijo...

me encantoooooooooo, y mas despues de tanto tiempo sin saber q sucederia con el pobre seth.
en algunos momentos casi lloro y m caigo de la silla de la emocion.....

muy buen trabajo como siempreee. besoss

Anónimo dijo...

pobre de seth alice edwaard y bella pero sobre todo de seth
q pena me dio como puede haber personas asi de mala

Andrea♥cullen dijo...

ais!! ke emocionante..los pelos como escarpias....ayy menos mal ke konsiguieron parar a esos...malnacidos porke no son otra cosa...ay de pensar ke le iba a pasar algo mal a la perlita ke es ese niño ...
Y edward fantastico en su papel de papá preocupado...
desde luego ha valido la pena esperar...aunke espero ke ya hayas encontrado la inspiración Laura!!
Libros escritos para chicas geniaL tambien...=)

Anónimo dijo...

me tienes kn el corazon en un puño, no sabes cuanto eh llorado, en mi casa me miran extrañados por que tanto llanto y eso solo lo has causado tu con tu asombrosa historia, es tan linda... sigue escribiendo eres la mejor... y por favor sube otro capitulo pronto...
=)

KMI!!!!!!!!! dijo...

me parecio super triste por lo q paso seth

Anónimo dijo...

un capitulo increible ¿que le contará la policia de todo esto? estoy ansiosa por saberlo, mas capitulos por favor se me hace eterna la espera.
muc