domingo, 25 de abril de 2010

All You Need is Love


Navidad.

—Siéntese —Edward se movía nerviosamente por la casa en dirección a la sala principal.

El agente Uley asintió y ocupó uno de los sofás, dejando a Edward y a Bella en el otro, cogidos de la mano y mirándolo, apremiantes. Carraspeó y decidió empezar tanteando el terreno.

—¿Es usted la hija de Charlie Swan?

—Eh… Sí —contestó Bella.

—El jefe Swan llamó a la centralita de Nueva York para informarse sobre el caso; parece ser que ha decidido formar parte de él.

Edward y Bella intercambiaron una mirada. Seguramente Alice habría telefoneado a Nueva Jersey para poner al corriente de todo lo que había pasado.

—Nos… instó a que les fuéramos lo más claros posibles —aclaró Uley—. Siento la hora, espero no haberles interrumpido el sueño.

Entonces los dos supieron qué pasaba. Charlie era el responsable de que un agente cualificado irrumpiera en su casa a las tantas de la noche, cuando lo normal era que los implicados en un suceso pasaran horas y horas intentando sacarle información a la policía. Ninguno de los dos era partidario a los "enchufes" ni a los favoritismos, pero en este caso era distinto. Querían información, y no les importaba la forma que se hubiese utilizado para conseguirla.

—Continúe —pidió Bella con una sonrisa nerviosa pero amable.

El agente Uley se removió en su asiento, incómodo. Normalmente enviaba a policías de rango menor a notificar a las familias, pero aquel caso, con un superior de por medio, no podía permitirse el lujo de designar a uno de los imbéciles de su equipo, debía ser él el que fuese a informar a aquella pequeña y joven familia.

—Verán, el caso es complicado ya que la raíz de los sucesos producidos esta tarde transcurre en jurisdicción europea, sin embargo, hemos tenido permiso para acceder a algunos informes y podría decirse que también a mover hilos debido a su ahora pertenencia a los Estados Unidos —se secó el sudor de la frente provocada por la presión y los nervios antes de continuar—. ¿Qué saben acerca de la familia Hollingsworth?

—¿A parte de que eran unos maltratadores hijos de…? —farfulló Edward, a punto de estallar. Bella, a sabiendas de que se estaban refiriendo a los padres biológicos de Seth, observó a Edward atemorizada. Jamás le había escuchado decir una mala palabra y aunque no le faltaban motivos para hacerlo, le parecía extraño y nada agradable.

Sam Uley asintió, severo.

—Sí, además de eso.

—Se guardaron su mierda muy bien, supieron controlar el juicio. De todo lo que le podía haber caído sólo se achacaron malos tratos —suspiró Edward—. Sabía que tenía que haber algo más…

—Y tanto —comentó Uley—. Después de entrar en prisión se han ido descubriendo irregulares legales en la vida de estos… señores. Una familia prestigiosa, que no llegaban a Lores ni mucho menos pero que tenía un buen estatus social en la Inglaterra más clasicista. Tuvo suerte señor Cullen, no es fácil atrapar a alguien con tanto peso. Bueno, supongo que suerte y también un buen abogado.

—Más bien fueron las heridas de mi hijo —escupió Edward—. ¿De qué irregularidades estaríamos hablando?

El agente se rascó la cabeza mientras ojeaba unos papeles que había llevado en su carpeta de trabajo.

—Muchas cuentas pendientes por temas de tráfico de drogas y blanqueo de capitales, e incluso se ha empezado a hablar de tráfico humano con mujeres y niñas indias, uno de los principales grupos inmigrantes de la corona inglesa.

Edward escondió la cara entre las manos durante unos instantes mientras que Bella escuchaba horrorizada, tapándose la boca con la mano de forma inconsciente.

—¿Por qué se sabe toda esa basura así, de pronto? —bramó Edward.

—Estando en la cárcel les ha resultado imposible llevar a cabo la contabilidad de alguno de sus negocios, por lo que sus socios se han puesto… nerviosos. La policía inglesa ha tenido mucho que hacer mientras usted ha estado aquí, señor Cullen. Conflicto entre las demás familias, se buscaba a alguien que diera la cara por ellos, que pagaran.

—No entiendo qué tiene que ver mi pequeño en todo esto —murmuró Bella por primera vez.

Uley miró durante unos instantes intensamente a la mujer y le dolió su expresión torturada. Parecía como si sintiese suyo a aquel niño, y eso le recordó a sus pequeños, los que tenía con su Emily. Se imaginó a sus hijos en una situación parecida a aquella y sus entrañas ardieron.

—Tengo entendido que Seth es un pequeño extremadamente inteligente —comentó con voz suave, dirigiéndose a Bella.

—Ha tenido que madurar deprisa —masculló Edward.

El agente vio en él determinación y sufrimiento; parecía mucho mayor de lo que posiblemente era. Sabía que era un muchacho que rondaba los veintipocos, y sin embargo tenía el mismo aspecto que un padre de familia al que la situación le venía grande.

—Lo sé, y es extraordinario que sea un niño tan sano para todo lo que ha sufrido. El jefe Swan no ha hecho más que hablar maravillas de él, y eso que hemos estado menos de media hora al teléfono. Lo que quiero decir, es que el quid de la cuestión radica en ese hecho, que es maduro e inteligente.

—¿Y…? —preguntó Bella, frunciendo el entrecejo. No veía qué problema tenía el agente con que Seth fuera tan aventajado para su edad.

Uley se pasó una mano por el pelo, relajándose a sí mismo.

—Que sabe demasiado. Tiene cuatro años largos, pero según creo, sus padres biológicos piensan que es muy posible que recuerde todo lo que ha vivido o visto. Era un peligro, querían quitarlo de en medio. Iban a pasar en la cárcel al menos siete años simplemente con condena por malos tratos a menores, no querían un agravio por todo lo que escondían.

—Y por eso llamaron a unos sicarios —gruñó Edward.

—Llevaban medio mes en Nueva York según la información de facturación del aeropuerto John Fitzgerald Kennedy. Seguramente habrán estado vigilando al entorno del pequeño y recogiendo información. El que tenía retenido al niño, Demetri, llevaba el pelo teñido de un color que intentaba semejarse al suyo, señor Cullen. Sin duda tenían un plan trazado, otra cosa es que saliera mal o que no fueran muy inteligentes. Ahora díganme, ¿habían advertido su presencia?

—Recibí amenazas a través de una llamada al teléfono de aquí, de casa —contó Edward, y Bella lo miró boquiabierta—. No le di importancia pero hablé con mi abogada, Rosalie Hale.

—Hizo usted bien, pero si por algún casual vuelve a ocurrir aunque sea en otro ámbito, diríjase a la policía —le cortó Sam Uley, apuntando el nombre de Rosalie para hacer las investigaciones pertinentes y entrar en contacto con ella.

Edward jugueteaba con sus manos nervioso, ahora todo tenía un poco de sentido para él. Sabía que aquella gente no era buena, pero nunca tuvo pruebas que los incriminaran, por lo que aprendió a guardarse para sí mismo su opinión.

—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó Bella a su lado con voz monocorde, sin vida.

—Los detenidos hoy serán repatriados. Han "cantado", y creo que sus testimonios son más que suficientes para conseguirles unos años más de prisión a los señores Hollingsworth.

Edward asintió en silencio.

—Pero deberán tener cuidado, están metidos en un embrollo aunque se encuentren al otro lado del mundo de donde se está librando la "guerra". Que no les quepa la menor duda de que mientras tanto, velaremos por su seguridad. Mi más sincera opinión es que la tormenta ha pasado, no tienen por qué temer del niño ahora que toda la verdad ha salido a la luz.

El agente Uley les dio unas cuantas de indicaciones e instrucciones antes de comunicar que se marchaba y dar las buenas noches, excusándose de nuevo por la hora. Bella y Edward lo acompañaron hasta la entrada, y una vez entró en el ascensor volvieron a ingresar en el apartamento. Edward anduvo pensativo hasta el sofá de nuevo, mientras que Bella cerró la puerta y se quedó apoyada contra ella, golpeándola con la cabeza suavemente pero a un ritmo constante.

Estaba furiosa. Cabreada con Edward y con todo el mundo en general. En ese momento le gritaría a cualquiera, a cualquiera menos a su pequeño, pensó, él no tenía la culpa de que la gente fuera tan retorcida y malvada.

—¿Pasa algo? ¿Por qué no vienes aquí conmigo? —preguntó Edward, palmoteando el cojín que estaba a su lado.

Bella apretó los puños con fuerza y se acercó hasta él, pero quedándose a una distancia prudente ya que no se fiaba de sí misma, sabía que podía pegarle un puñetazo.

—¿Por qué no me lo dijiste? —inquirió con un hilo de voz. Le temblaba la barbilla de la rabia contenida y era consciente de que no aguantaría mucho más sin explotar.

—¿El qué?

—¿Cómo que el qué? ¿¿No me podías decir quién había llamado?? —gritó, furiosa—. ¿Qué crees que para mí Seth es sólo una diversión? ¿¿Que no me preocupo por lo que le pueda pasar??

Edward la observó atento y acabó esbozando su sonrisa característica, quitándole importancia al asunto. Se levantó y fue con los brazos extendidos para abrazarla.

—¡Quédate donde estás, Edward Cullen! —advirtió Bella, apuntándolo con un dedo—. ¿Qué piensas que es esto? ¿Eh? ¿¿Qué demonios piensas que es esto??

—Eh… ¿El q-qué? —repitió Edward, cada vez más confuso y bajando los brazos a la vez que perdía su sonrisa.

Bella paseaba nerviosamente por el salón. El día había sido largo y cargado de emociones, ahora le toca a ella desahogarse.

—Llevas m-meses diciendo que somos una f-familia —murmuró, con los puños aún crispados—. ¿Por qué mierda no me contaste nada? ¿Soy un cero a la izquierda? ¡Vas corriendo a decírselo a Rosalie, pero a mí ni una maldita palabra! Joder, Edward… —continuó con su paseo, retirándose el pelo de la cara—. A mí me importa Seth, ¿sabías? Hoy he estado muriéndome por dentro igual que tú. Podríamos haber cargado con esto los dos, ¡los dos, Edward! Porque una pareja es eso, ¡dos personas!

Edward permanecía inmóvil, con los brazos colgando a su lado y sin expresión facial. Parecía estar en blanco, perdido en sí mismo. Bella sintió pena al verlo así, pero no podía parar de decir lo que pensaba.

—Entiendo que tú lo conozcas desde hace más tiempo, que confíe más en ti y que haya un vínculo especial entre vosotros dos, pero me parece que yo también me he ganado un hueco en su vida. ¿Por qué te has comportado como si ignoraras eso? ¿No es suficiente que vivamos juntos para que te des cuenta de que estamos compartiendo una vida, Edward? —su voz no se controlaba, gritaba con fuerza en un vano intento de que la angustia que sentía por dentro se desvaneciera—. Es tu hijo, y lo sé. Pero yo también lo quiero con todo mi corazón, no sé si lo que siento es el amor que una madre profesa por un hijo porque jamás he tenido uno y quizás en ese aspecto estoy un poco perdida, ¡pero no tenías ningún derecho a ignorarme de esa forma en un aspecto tan importante de su vida! ¡¡Si quieres que seamos una familia, acepta lo que eso significa primero!!

En ese momento Edward se llevó las manos a la cabeza y soltó un sollozo bajo. Su cuerpo cobró de nuevo movilidad y paseó de la misma forma que lo había hecho Bella segundos antes.

—Lo siento —susurró con la voz rota, apesadumbrado y sin levantar la mirada.

—¡No basta! ¡Necesito que entiendas que en esto somos dos y saber con certeza que no volverás a excluirme!

—¿Y qué querías que hiciera? —gritó de pronto Edward, sorprendiendo a Bella—. ¡No sabes como me siento! Te has puesto a gritar pero ni siquiera se te ha ocurrido pensar por qué me he comportado de la forma en la que lo he hecho —tragó saliva y durante unos instantes pasó los dedos de una mano entre el pelo mientras ponía la otra en su cintura—. ¡Llevo toda mi vida solo! ¡Me separé de mi familia cuando sólo era un niño, Bella! Vivía con una tutora que ni siquiera se acordaba de qué día era mi cumpleaños o de si me gustaban más los macarrones con o sin queso. ¡Era un crío, pero tuve que empezar a madurar y a saber que no siempre puedes contar con todo el mundo!

Calló durante unos instantes, buscando las palabras que consiguieran ceñirse a lo que pensaba.

—Todo esto —abarcó con los brazos todo el espacio que pudo— es nuevo para mí. No me pidas más porque no sé si puedo. Sé que lo he fastidiado todo, y también sé que quieres muchísimo a Seth. Sólo sentía que era un problema más, como en los viejos tiempos, y que tenía que solucionarlo yo. Jamás he tenido ayuda, no pretendas que me acostumbre a algo así tan rápido… No espero que lo entiendas, pero tú representas todo lo maravilloso, el cambio, esta nueva vida que por alguna razón que no entiendo he tenido la suerte de poder vivir. Simplemente no te podía mezclar con ese asunto tan desagradable —murmuró, abatido.

Bella se acercó hasta él de forma rápida, como si le ahogara el espacio que los separaba. Pasó los brazos alrededor del cuello de Edward y lo besó con avidez, de la misma forma que lo hubiera hecho si le dijesen que ese sería su último beso con él.

Edward la cogió como pudo, exhausto, y la llevó hasta la pared del salón, aprisionándola.

—No vuelvas… a gritar así —susurró contra los labios de la chica—, a menos que sea… de placer.

Bella soltó una risa nerviosa y apretó las piernas alrededor de la cintura de Edward, asegurándose así que no escaparía. Volvió a enterrar sus dedos en aquel mar de pelo desordenado y se sumergió en el color de sus ojos, que brillaban, húmedos.

—Somos una familia —le dijo en voz baja—. Para lo bueno y lo malo.

—¿Y por qué no más para lo bueno? —se quejó Edward apoyando su frente contra la de ella.

—No me hagas gritar de nuevo, Cullen.

Edward sonrió de esa forma que sólo él sabía, consiguiendo que Bella se sonrojara por el ronroneo que había soltado al verle.

—Vas a acabar conmigo —murmuró ella.

—Ya lo veremos —rió Edward.

Con un impulsó subió más arriba a Bella y se separó de la pared para andar hasta el dormitorio. Bella iba dándole a los interruptores de la luz con los pies, provocando que Edward perdiera el equilibrio y que rieran en voz baja.

Bella suspiró al ver que Seth seguía profundamente dormido, sujetando con fuerza las mantas.

—Está tan cansado que ni siquiera ha notado tus berridos de loca —se mofó Edward.

Suspiró a sabiendas de que le quedaba una semana de burlas por parte de su novio y se metió en la cama, pasando los brazos por el pequeño cuerpo de Seth; Edward se puso al otro lado y apagó la luz de la mesita de noche, dejándolos así en una penumbra sinuosa puesto que las luces de la calle entraban a través de la gran ventana.

Ambos se giraron para quedar mirándose por encima de la cabeza del niño, con sendas sonrisas. Edward pasó un brazo por debajo de la almohada y comenzó a mover las cejas de forma sugerente.

—¡Deja de ser tan tonto! —le cuchicheó Bella—. ¡Podrían meterte en la cárcel por corrupción de menores!

—¡Está dormido! —se quejó Edward, siguiendo con la broma.

—Tú si que deberías dormirte —farfulló Bella, y encogió las piernas ya que Edward no paraba de acariciarle los pies, provocándole cosquillas—. Por el amor de Dios, Edward, ¿qué te pasa ahora?

—Nada —susurró él, y Bella pudo imaginar su sonrisa—. Sólo que…

—¿Qué?

—Que creo que te quiero. Pero vamos, no es del todo seguro, así que puedes quedarte tranquila. De momento.

—Eso está muy bien, al menos no corro ningún riesgo —comentó ella, intentando no reír—. Y ahora descansa, creo que el estrés te ha dejado más tonto de lo que ya estabas.

Edward resopló divertido, y dejó de intentar molestar a Bella. Se limitó a entrelazar sus pies con los de ella y a acariciarle el brazo que tenía puesto sobre Seth.

Sintió como los párpados se le volvían más y más pesados, y se le escapó un bostezo. Estaba a punto de caer rendido cuando Bella añadió:

—Creo… que también te quiero.

Con una última sonrisa, notó que sus músculos se relajaban y no luchó contra ello. Era hora de descansar, por fin se acababa aquel día que había resultado ser demasiado largo para gusto de todos.

.

Cuando el despertador sonó, Edward no lo podía creer. Su mente y sobre todo su cuerpo le decían que no podía ser más de media noche, que aún no había descansado lo suficiente. Sin embargo tuvo la energía necesaria para alargar el brazo y darle un golpe al maldito reloj, que cayó al suelo cesando su repiqueteo.

—Estupendo —murmuró Edward más dormido que despierto—, ahora habrá que comprar otro…

No quería recordar que era miércoles y que por tanto le quedaba una jornada laboral por delante. Sabía que tendría que hablar con policías y quizá con su abogada; no sabía que le apetecía más, si eso o aguantar a niños con catarro, incluso aunque fuera algo muy estimulante en otras ocasiones.

Se incorporó para sentarse al borde de la cama, donde aprovechó para frotarse los ojos con las palmas de sus manos.

—¿Mmm...? —murmuró Bella, moviéndose—. Creo que trabajaré en casa hoy, no me puedo levantar…

Edward soltó una risa contenida y poniéndose por encima de Seth, besó a Bella con suavidad.

—Yo también lo creo. Voy a llamar al hospital y a preparar algo de desayunar.

Se incorporó y fue a lavarse la cara para terminar de despertarse, aún sentía los párpados pesados y unas enormes ganas de bostezar. Después volvió al dormitorio y sacó unos pantalones y una camiseta del armario bajo la atenta mirada de Bella. Tras vestirse y poner los ojos en blanco varias veces por las risitas de ella, salió de la habitación y marcó de forma rápida el número de su despacho del hospital. Sonrió satisfecho cuando le comentaron que su propio padre acababa de advertir que se iba a tomar unos días por serios motivos personales. Contento con no tener que dar explicaciones abrió la alacena en busca de algo que desayunar, hambriento. Suspiró frustrado al no ver nada, y cogiendo las llaves y un abrigo bajó al supermercado de la acera de enfrente. Edward era de esas personas que jamás se entretenían en mirar lo que compraban. Normalmente no tenía tiempo, o un temible niño de casi cinco años lo acompañaba, arrastrándolo sin cesar a la sección de comida basura. Por eso, cuando se vio solo y con tiempo, sintió una extraña sensación. Sonriendo paseó por los pasillos con un carrito, haciendo una primera vista general de dónde se encontraba cada cosa. Después volvió sobre sus pasos y comenzó a llenar de todo tipo de productos el carro, prestando atención a las marcas o incluso permitiéndose leer algunas de las etiquetas; era temprano y Seth y Bella tardarían en espabilarse y también en querer desayunar. Algunas señoras mayores hacían la compra y sonreían al ver al joven tan despistado y al mismo tiempo eufórico leyendo todo y pasando varias veces por los mismos estantes.

Nunca había tenido tiempo para él solo, y estar pasándolo bien en el supermercado fue algo que le preocupó a Edward. Pagó con tarjeta y cargó las bolsas distraídamente, viendo como se desarrollaba la vida en la calle. Pasó por delante de un quiosco y decidió parar a comprarse el New York Times, tenía el día para leerlo. Sacó como pudo los dos dólares que costaba el diario y se despidió del jovial anciano que regentaba el negocio. Se estaba dando la vuelta cuando una revista llamó su atención. Buscó con la mirada y el ceño fruncido el fruto de su confusión momentánea y casi estalla en carcajadas al ver a su cuñada y abogada junto a la chica que dormía en su cama en ese momento, abrazadas y en una pose que a él le pareció extremadamente seductora. Cogió un ejemplar, aún riéndose y se lo enseñó al hombre que le miraba extrañado.

—¿Cuánto es?

Dejó de reírse automáticamente al enterarse del precio de la revista. ¿Cómo podían las mujeres gastarse ese dineral en semejante tontería?, pensó. Después de dar un billete de diez dólares y esperar el cambio, caminó con los brazos llenos y unas enormes ganas de abrir aquella revista que parecía arder bajo su axila.

Encontró a Bella en la cocina, preparando zumo de naranja natural. Dejó las bolsas y el periódico en la encimera para poder agitar la revista delante de las narices de la chica.

—¡Mira lo que me he encontrado! —exclamó.

Bella lo miró horrorizada e intentó quitársela de las manos, no quería tener un motivo para que Edward bromease acerca de ella.

No consiguió su propósito, y terminó riendo en un taburete de la cocina y comentando con él las fotos y el reportaje. Edward las miraba embelesado y sugería de forma constante el recortar las imágenes y enmarcarlas. Bella sólo ponía los ojos en blanco y le ignoraba.

Cuando Bella se cansó de mirar las mismas páginas —Edward parecía no hartarse ni sólo un poco—, comenzó a recoger la compra y a preparar tostadas. Al poco tiempo apareció Seth con su pijama de ositos y se quedó junto a la puerta, callado. Los dos intercambiaron una mirada preocupada y se esforzaron en hacer que el niño estuviera cómodo y feliz.

.

Los siguientes días fueron un torbellino para Bella. Seth, que aún no se había recuperado del susto y que estaba muy emocionalmente inestable, volvía a ir a la guardería, y Edward, atacado con tanto papeleo, también tuvo que retomar su trabajo pese a estar a vísperas de Navidad. Bella, con la flexibilidad de su trabajo pudo compaginar el estar en casa, llevar al día los nuevos briefings y sobre todo, y también lo más terrorífico para ella, comprar regalos. Había acordado con Edward que no quería algo pomposo ni demasiado caro, que no le veía sentido, así que estaba en la terrible misión de encontrar algo que se adecuara a lo que ella había exigido. Las entradas de Disney se encontraban escondidas en la funda de uno de sus ordenadores portátiles, un lugar que esperaba que nadie encontrara interesante, al menos hasta el día veinticinco.

Con la ayuda de Alice compró los regalos de sus padres y amigos, además de algún detalle que quería encontrar para Seth.

—¿Por qué no me conseguiste alguna entrada a Disney a mi también? —refunfuñaba Alice cada vez que la veía.

—Porque eres monstruosamente grande como para ir, Alice. Búscate a algún niño como escusa y quizá te de alguna.

—¡Me voy a quedar embarazada sólo para eso! —bromeó ella tras la respuesta de su amiga.

Después de un día agotador por el centro fueron con el coche de Alice a comprar adornos para el apartamento de Bella y Edward, era la primera Navidad que se pasaba en aquel sitio y sabía con seguridad que Edward ni habría caído en ello. No tenía ganas de utilizar los adornos de su propia casa, quería conseguir algunos nuevos y empezar así una tradición juntos. Los colores elegidos —por Alice, obviamente— fueron el plateado y el azul.

—Va a quedar muy frío y sobrio… Alice, hay un crío en esa casa.

—¡Me importa un pepino! No tendrás un árbol de Navidad hortera, Isabella.

Un día después, el minimalista árbol terminó por estar lleno de adornos navideños más caseros que a Seth le mandaron hacer en la guardería. Bella no quiso ni imaginar la cara de su amiga cuando lo viera, pero no le dio mucha importancia, quizá pudiera "adecentarlo" antes de que ella fuera el día de Navidad, pensó.

Bella había estado recibiendo durante un par de días paquetes de Nueva Jersey llenos de cintas VHS. Estaba trabajando en un montaje de todas las escenas que tenía con Edward, pero eran escasas y de poca calidad; sabía que no era demasiado, pero al menos le traía buenos recuerdos y sería un detalle bonito. Se pasó en su antiguo apartamento todas las mañanas, trabajando duro, eligiendo la "banda sonora" y demás detalles, sin olvidar tampoco sus labores profesionales. La Navidad era frustrante, pensaba mientras observaba desde su sillón la pantalla de uno de los ordenadores en unos instantes de descanso.

Sin embargo pudo tenerlo todo a tiempo. La Nochebuena llegó y con ello el entusiasmo de Seth, que parecía no poder estarse quieto. Iba de su cuarto al salón repetidas veces, comprobando que todo estaba en orden y sobre todo, para que Papá Noel no se encontrara nada extraño o desagradable en su visita. Cambió el plato de galletas de sitio cinco veces, sin encontrar ninguna satisfactoria; al final le pidió ayuda a Bella y ella propuso dejarlo a los pies del árbol. Sonrió satisfecho cuando dio su labor por finalizada, y tuvo permiso de llevarse a George esa noche a su habitación para que si se despertara no sufriera la tentación de salir a "investigar".

—Creo que voy a ir a dormir —comentó como quien no quiere la cosa. Edward y Bella intercambiaron una mirada divertida.

—Vaya, ¿a qué se debe este agradable cambio, señorito? —inquirió Edward con una ceja alzada—. Normalmente te tengo que arrastrar a la cama.

—¿Me vas a reñir por querer acostarme temprano?

—A partir de mañana no verás más a tu tía Alice, o al menos sin supervisión —bromeó Edward.

Seth soltó una risita y tras coger en brazos al enorme hurón, se despidió con un beso de ambos antes de correr hasta su dormitorio con excitación.

—Dudo mucho que se duerma —dijo Bella.

—Sería genial volver a ser niño y tener tanta ilusión, ¿verdad? —sonrió Edward, sentándose al lado de ella en el sofá.

—Lo sería, sí.

Y entre risas, galletas y vasos de leche, empezaron a colocar los regalos alrededor del navideño árbol, cuyas luces encendidas hacían que el ambiente adquiriese una calidez que ni Bella ni Edward pudieron describir para ellos mismos.

.

—¡Aaaaah! —un grito entusiasmado medio despertó a Bella, la cual refregó la cara contra la almohada y se pegó más al cuerpo de Edward, que la abrazaba desde atrás. Entreabrió los ojos y vio como una silueta sinuosa abría la puerta y corría hasta la cama cargando algo y dando tumbos—. ¡Por fa, por fa, despertaos ya! Están los regalos, los he visto, ¡los he visto!

Edward soltó un suspiro a su lado junto a un gemido bajo.

—¿Estás seguro de lo que dices, Seth? —murmuró, tumbándose sobre su espalda y frotándose los ojos con las palmas de las manos.

—¡Enormes! Los hay muy grandes y menos grandes, ya sabes, muy grandes y no tanto —farfulló de forma nerviosa. Tenía a George en los brazos, parecía no querer soltarlo bajo ningún concepto—. ¡Y no hay galletas! Se las ha comido todas, ¡qué guay!

Bella se giró para mirar a Edward y soltar una risita entre dientes; él sonreía con los ojos cerrados mientras se estiraba.

—Venga Seth, enséñamelo —pidió Bella, incorporándose.

Se puso su bata para no coger frío y depositando un beso en la frente de Edward fue tras el niño al salón.

—¡Vaya! —exclamó con fingida sorpresa—. ¡Ha debido de trabajar mucho!

—No sabes cuanto —murmuró Edward a su espalda, aún estirándose.

Seth examinaba cada paquete e intentaba leer el nombre que ponía en las etiquetas, acertando todas las veces.

—¿Podemos abrirlos ya?

—Seth, ya te advertimos que teníamos que esperar a que… —empezó a explicar Bella cuando el repiqueteo incesable del timbre la interrumpió—. Bueno, por lo que veo no vamos a tener que esperar nada.

Edward había ido a abrir la puerta, y regresó al instante con Rosalie, Emmett, Alice y Jasper, todos en pijama. Y Bella sonrió. Aún recordaba las Navidades cuando sus "vecinos" no estaban, aquellas en las que se levantaba en una casa donde sólo vivía ella y por lo tanto debajo del árbol no había nada. Si no fuera por sus amigos y por la tradición de abrir los regalos todos juntos, el día de Navidad hubiera perdido el significado y la importancia para ella. Y aunque ahora estuviera demasiado bien acompañada, jamás podría concebir una mañana navideña sin sus amigos con sus característicos pijamas.

—¡Nos han visto! —exclamó Alice, quitándose el chubasquero que llevaba y poniéndolo de cualquier forma sobre el sofá—. Un hombre que ha salido a comprar el periódico nos ha visto en zapatillas de estar por casa y con el pijama asomando por debajo de los abrigos y se ha reído.

—Bueno, no todos los años vais a pasar desapercibidos —rió Edward.

Emmett y Jasper pusieron los regalos que llevaban bajo al árbol, junto a los que ya estaban, y después lo contemplaron.

—Creo que si no empezamos ya, al pobre Seth le va a dar una arritmia —comentó Emmett riéndose.

—¡Sí, por favor! —gritó el pequeño—. Llevo esperando… ¡un año!

Entre carcajadas se sentaron en el suelo y se fueron pasando paquetes, aunque era Seth el que supervisaba el reparto de regalos. Después de desenvolver una cantidad descomunal de películas, juegos y libros, vio una caja grande que le llamó la atención.

—¡George! ¡También hay regalo para ti! —chilló. Después miró a Edward y a Bella y poniendo un puchero pidió—: ¿Puedo abrirlo yo? ¡Por favor!

Resultó que contenía una cesta nueva para el animal y todos rieron ante aquel inesperado regalo.

—¡Madre mía! Es precioso —comentó Bella al descubrir un vestido palabra de honor, largo, de color verde esmeralda y excesivamente elegante—, pero no sé cuándo me lo voy a poder poner.

—¡Eres tonta, Bella! —rió Alice—. Es el vestido que llevarás en mi boda. Todos tenéis uno, así que no quiero quejas ni "no me gustan". ¡Os aguantáis! —sonrió de forma exagerada y todos pusieron los ojos en blanco.

A Bella le encantaba el vestido, le dio varias vueltas y vio que Rosalie tenía uno igual en forma, pero de color diferente. El suyo era en un ámbar claro que combinaba de una forma extraña y extravagante, pero no menos bonita, con su largo cabello.

—¡No! —exclamaron Edward y Emmett a la vez.

Las chicas los miraron y vieron como extendían al aire respectivos chaqués. Ni Bella ni Rosalie pudieron reprimir una risa.

—¿De frac? ¿Estás en serio, Alice? —gimió Edward—. Vamos a parecer pingüinos…

—Eso, ¿por qué quieres una boda tan pija? —se quejó Emmett.

—¡Por que si por vosotros fuera, tú —señaló a Emmett— irías en ropa de deporte, y tú —apuntó con el dedo a su mellizo— te pondrías una de esas camisas horrorosas!

—¡No son horrorosas! —gruñeron Edward y Bella al mismo tiempo.

—¡Es mi boda, e iréis de chaqué! —sentenció Alice.

Como sabían que era inútil luchar contra la voluntad de Alice, suspiraron y siguieron pendientes a los regalos, que parecían no acabar.

Edward miró curioso el DVD que le había preparado Bella para después de leer la dedicatoria que estaba en el interior mirarla de forma conmovedora.

—Después lo veré —le susurró, y ella asintió, sonrojada.

—¿Qué es esto? —preguntó Seth enseñando un sobre donde estaba su nombre y el de su padre escrito. Lo abrió con rapidez y frunció el ceño al no entender muy bien lo que ponía; sin embargo, al ver el enorme logotipo gritó con fuerza y se puso de pie de un salto—. ¡Disney Land! ¡Bella, papá, Disney Land!

Edward lo miraba confundido, y le cogió el papel de las manos. Después de repasarlo y leerlo por encima interrogó a Bella de forma silenciosa.

—¡Hala Seth, vamos a ir a Disney Land! —exclamó Bella fingiendo estar sorprendida. El niño pegaba botes y daba palmadas—. Ya te lo explicaré —le cuchicheó Bella a Edward—. ¿Qué pasa, no te hace ilusión ver a Mickey Mouse?

Él le dirigió una mirada divertida y después rió y se unió a la alegría de su hijo.

—¡Yo también quiero ir! —gruñó Emmett, con el carné de un nuevo gimnasio en la mano—. Vamos enano, ¡dámelo!

Mientras los dos niños —uno más que otro— corrían y gritaban, Bella cogió una pequeña caja que estaba a su nombre. Su corazón empezó a palpitar cuando vio que aunque era más grande de lo convencional, era de terciopelo y parecía la prototípica que alberga en su interior un anillo; y además, Edward la miraba intensamente. Su pulso empezó a temblar y no supo si guardarse la cajita para más tarde de forma disimulada. Sin embargo, Rosalie vio lo que tenía entre sus dubitativos dedos.

—Esto… Bella, prométeme que no nos matarás, que dejarás que se te de una explicación antes —dijo apresuradamente, y la aludida la observó sin entender nada.

Suspiró y decidió armarse de valor. Abrió levemente la tapa y sintió en su interior un peso en el estómago cuando vio que lo que allí había era una llave; no pudo evitar lanzar una mirada furtiva a Edward, algo decepcionada. Después se dio cuenta de que no tenía sentido que el anillo estuviera escondido entre los regalos y que se lo diera delante de todos, sabía que Edward no haría algo así. Esperaría a un momento íntimo y adecuado.

—¿Qué es esto? —preguntó balanceando las llaves delante de sus amigos.

—Es de parte de Emmett, de Jasper y mía —explicó Rosalie—. Y no es lo que piensas. Nos ha costado mucho menos de la mitad de la cantidad que puedas llegar a estimar, así que respira hondo y acércate a la ventana.

Bella se levantó con parsimonia, alargando el momento. Iba a desmenuzar a sus amigos si se habían gastado tanto dinero como estaba pensando en ese momento. Llegó hasta la ventana, seguida de los demás y observó la familiar calle con atención, y entonces la vio. Rodeada de una ancha cinta de regalo roja y provocando miradas divertidas de todos los que pasaban, había una Vespa de un azul eléctrico combinada con blanco. Bella abrió la boca del asombro, le encantaba además de que era lo que menos se hubiera esperado en el mundo.

—Estáis locos… ¿Cómo habéis podido…?

—Bella, sabes que estoy muy involucrada en eso de la reparación de coches —contó Rosalie poniendo los ojos en blanco—, una moto no ha significado nada, ningún trabajo. No es demasiado vieja, pero la capa de pintura ha hecho mucho —añadió observando el resultado final.

Bella la miró con ojos brillantes y sin previo aviso la abrazó con fuerza. Después hizo lo mismo con Emmett y Jasper, le había gustado tanto el regalo que no podía expresarse.

—Estábamos hartos de que fueras a todos lados en taxi —comentó Emmett—. Posiblemente sea tu mayor gasto al mes.

Rieron y Edward se acercó con dos paquetes, uno redondeado y el otro abultado.

—¿Una pelota? —bromeó Bella, cogiéndolo. Sonrió al ver que era un casco de motorista y una chupa negra de cuero—. ¡Dios mío, estabais coordinados! Tendré que empezar a comprarme alguna revista motera y escuchar heavy metal.

—Vamos Bella, ni que te hubieran regalado una Harley Davidson. Es una Vespa, así que si sigues escuchando Camera Obscura y Belle & Sebastian no pasará nada —bromeó Alice, con un par de vestidos sobre los hombros y probándose unos zapatos de una pinta infernal.

Cuando terminaron con todos los paquetes, desayunaron lentamente, cada uno atento a algo diferente: Edward hojeaba varios libros de avances médicos que no había podido conseguir antes, Seth intentaba comprender su nueva Nintendo DS, Bella, con la chupa puesta, observaba las llaves como si tuvieran un poder mágico indescriptible, Alice seguía con sus zapatos y los intercambiaba con los que les habían regalado a Rosalie, Jasper leía la parte de atrás de algunos DVDs, Emmett comía como si nunca hubiera probado las tortitas mientras ayudaba a Seth a manejar la DS hablándole con la boca llena y George descansaba en su nueva "cama", observando la situación con sus vivaces ojitos.

Fue una típica mañana de Navidad, de esas que no se olvidan y que al recordarlas se sonríe. El desayuno fue secundado por la comida —donde todos se pusieron algunas de sus ropas nuevas para no comer en pijama— y tras eso vieron películas navideñas y cantaron villancicos a grito limpio.

—Ha sido genial, no creo que pueda esperar a que sea el año que viene —se quejó Alice mientras los abrazaba en la puerta.

—¡Un momento! —exclamó Bella, que traía puesta la chupa de nuevo y llevaba el casco debajo de brazo—. ¿Quién quiere dar una vuelta?

Trotaron escaleras abajo y en cuestión de segundos estuvieron al lado de la Vespa. Bella arrancó la cinta y admiró su nueva adquisición; no pudo evitar volver a abrazar a sus amigos. Después se subió y arrancó con facilidad; sonrió al recordar aquellas tardes veraniegas en Forks donde montaban en moto en la explanada de una de las montañas que rodeaban al pueblo.

Alice y Emmett fueron los únicos que insistieron en montar, y gritaron y movieron los brazos temerariamente mientras recorrían Madison Avenue a una velocidad prudente.

—¡Es genial, muchísimas gracias! —volvió a repetir Bella por enésima vez.

Edward, que no apoyaba la idea de la moto, observaba a Bella con rostro preocupado, pero no se atrevía a decir nada. Como médico había tenido a demasiados jóvenes en urgencias por accidentes de tráfico; sabía lo peligroso que podía llegar a ser, pero no era el padre de Bella, no podía decirle nada.

Cuando todos se hubieron metido en sus coches y alejado de la vista, Edward, Seth y Bella subieron de nuevo al apartamento. El pequeño llevó a su cuarto todos los juguetes que pudo y se metió en la cama sin cenar siquiera, exhausto. Edward y Bella sin embargo, se quedaron metiendo los platos sucios en el lavavajillas, queriendo dejar todo limpio para el día siguiente.

—¿Me vas a explicar eso del viaje a California? —preguntó Edward.

Bella sonrió y empezó a contarle cómo el señor Jefferson le había sugerido el viaje para al final acabar regalándoselo. Edward escuchaba mientras seguía con la tarea, estaba entusiasmado ante la idea de un viaje juntos, y sobre todo si era un sitio que le gustaba tanto a Seth.

—Y he pensado que sería mejor ir después de las vacaciones de Navidad, es más cómodo si no hay tanta gente, ¿no? —comentó Bella, secándose las manos con un trapo.

Edward asintió, conforme y cerró la puerta del lavavajillas.

—Vamos —le apremió.

La empujó hasta el salón, donde cogió el DVD que Bella había preparado para después llegar a la habitación que compartían. En cuestión de segundos, Edward ya estaba enfundado en su pijama y encendía el reproductor de DVD que tenía junto a la televisión. Cogiendo los mandos a distancia, fue hasta la cama y apoyó la espalda en el cabecero, pasando un brazo por los hombros de Bella, atrayéndola más a él.

—¡Acción! —dijo con una sonrisa contra la cabeza de ella.

—Es sólo una tontería, no te esperes…

—Shh —susurró Edward, cortándola—. Será el regalo que más me guste. De hecho, ya lo es. Aunque claro, nada puede competir con el chaqué de Alice…

Se cayó cuando se vio a él mismo, aunque con unos veinte años menos, en la pantalla, persiguiendo a Bella y a su hermana. La escena se cortó y empezó otra donde salían los dos en el asiento trasero de un coche que no recordaba cual era, ella mirando por la ventanilla con aire soñador y él observándola a ella discretamente. Cada vez que Bella se giraba, Edward pegaba un respigo y miraba al frente.

—Qué tímido, ¿no? —comentó la Bella adulta entre risas.

Más imágenes grabadas en la retina de Edward: los dos en la playa de La Push, los dos saltando en una cama elástica en la feria de Port Angeles y Emmett derribándolos de un sólo golpe. Después Bella grabando a Edward en un momento mágico, cuando encontraron un claro en una excursión de senderismo con el colegio; las risas y el entusiasmo eran contagiables. Obras de teatro improvisadas, clases fallidas de piano de parte de Edward a Bella, fiestas de pijama donde acababan durmiendo en el mismo colchón inflable y se peleaban por las mantas, etcétera. El Edward que estaba en la cama viendo el video sintió picor en los ojos, y arrugó la nariz. Le dolía pensar que si se hubiera quedado en Forks posiblemente llevaría saliendo con Bella toda la vida. La abrazó con más fuerza y siguió viendo el montaje con una sonrisa al ver que tenía un aspecto retro muy bonito y visual, y que la música le acompañaba muy bien.

—¿Qué te ha parecido? —susurró Bella, alzando la cabeza para besarle una vez acabó y salían las líneas del cast, una pequeña broma suya.

Edward sonrió y acunó su cara con las manos.

—Me ha encantado, creo que casi me haces llorar. Mmm, mejor olvida eso último.

—Está bien que lo admitas —sonrió Bella, divertida.

—¿El qué hay que admitir? —preguntó haciéndose el despistado y tumbándola para posicionarse encima de ella.

Bella acarició el rostro del chico, apreciando cada detalle. Después irguió la cabeza para fundirse en un nuevo beso, más largo y profundo.

Y así consumieron la mayor parte de la noche, unidos y sin separarse ni un solo centímetro del otro, felices y aprovechando las últimas horas del día más navideño del año.

.

Los días pasaron tan rápido que parecía que alguien manejara el reloj y el calendario a su gusto. Bella sabía que era un síntoma de que las cosas iban bien, por lo que no había que preocuparse. Resultó que la película a la que le habían hecho el tráiler en la agencia estaba siendo un éxito, y todos felicitaban a su equipo. Se sentía orgullosa y realizada, los logros profesionales no son algo que tomar a la ligera. Mientras tanto, intentaba sonsacarle a Alice datos sobre la boda que se celebraría el primer día del año, pero resultaba imposible, era como hablar con una pared. Lo único que consiguió fue saber que la ceremonia empezaría a las cinco, la hora a la que el sol empezaba a ocultarse, y que un coche estaría esperándolos una hora antes. Algo es algo, pensó Bella distraídamente, mientras examinaba de nuevo el precioso vestido. Alice le había dado unos zapatos preciosos a juego junto a un fular de aspecto delicado y un tocado no muy grande para el pelo. Aquello sobrepasaba los límites que Bella había pensado para la boda, pero recordó que era Alice la que se casaba y que con ella nada parecía ser suficiente.

El treinta y uno de Diciembre Edward tuvo que trabajar, pero dejó a Seth con Bella. Ese día la casa se convirtió en un cuartel general del make-up, ya que Rosalie y Alice llegaron a los pocos minutos de marcharse Edward, cargadas de ropa y maquillaje.

Ese año, Carlisle había hecho reserva en Olive Garden, un exclusivo restaurante de Times Square. Normalmente solían ir a ver la bola caer sin más cenando un bocadillo mientras esperaban a la media noche, pero ese año, con un niño pequeño, los Cullen habían puesto en marcha una nueva tradición. Bella no quiso ni pensar lo que costaría esa cena, aunque estaba segura de que sería una experiencia inolvidable.

Después de mascarillas exfoliantes y depilación minuciosa de piernas y axilas, las chicas empezaron a debatir qué usar. Seth las observaba de vez en cuando; estaba tumbado en la cama, con George sobre las piernas y jugando a su ahora inseparable Nintendo DS.

—Bella, tu te vas a poner este negro, Rose, a ti el rojo te quedará increíble, y yo me pondré el rosa palo.

Cuando Edward llegó de trabajar y se encontró su habitación llena de mujeres peinándose las unas a las otras se encogió de hombros y sin decir nada se fue al salón. Seth no lo dudó y cogiendo al hurón se marchó de aquel cuarto de tortura, siguiendo a su padre.

—Creo que debes poner más sombra de ojos —Era uno de los comentarios favoritos de Alice; si no era sombra de ojos, era eyeliner, o rimel. Todo parecía tener poca cantidad según ella, y Bella estaba a punto de sentir el peso del maquillaje en su cara.

—No quiero ni imaginar las horas antes a la boda —se quejó Bella, en voz lo suficientemente baja para que sólo Rosalie la escuchara.

Pidieron comida china y comieron dentro de la habitación por orden de Alice, que insistía que iba a ser una sorpresa a los chicos. Bella estaba agobiada de no salir de esas cuatro paredes, pero prefería callar y no aguantar la ira de su amiga. Era ya media tarde cuando Edward entró y pidió permiso para coger un traje, alegando que si no tendría que ir con la ropa del trabajo.

—¡Entra, pero no mires! —chilló Alice.

Fue cómico ver al chico entrar de espaldas, rebuscar en el armario y después entrar en el cuarto de baño para coger el neceser y más tarde salir de nuevo de espaldas. Justo cuando llegó a la puerta se giró y las miró burlón, consiguiendo que Alice gritara furiosa.

Había anochecido por completo cuando Bella salió de allí, enfundada en el estrecho vestido negro, con unos zapatos azules demasiado altos para su gusto y un chal del mismo color sobre los hombros. El pelo lo llevaba suelto, formando ondas sobre su espalda, y se sentía desnuda. Era Diciembre, pensaba, necesitaba cuatro capas más de ropa para estar abrigada.

—Guapa —le susurró Edward desde atrás en el oído—. Déjame que te vea bien.

Bella se dio la vuelta, avergonzada, y Edward soltó un silbido de admiración que hizo que ella pusiera los ojos en blanco.

—Tu tampoco estás tan mal —comentó Bella, pasando los brazos por sus hombros y besándolo de forma tierna.

—Los trajes son mi punto fuerte —rió él.

Y Bella estuvo de acuerdo. Era una de las veces que más atractivo lo había visto, con la chaqueta y los pantalones de pinza negros, una camisa simple, blanca, y una corbata negra. Iba sencillo, pero quitaba el aliento. Sus ojos brillaban con emoción y el pelo seguía tan despeinado como de costumbre.

—Y espera a ver esto —comentó mientras llevaba de la mano a Bella hasta el salón.

Sentado en el suelo y leyendo un libro de ilustraciones estaba Seth. Llevaba unos pantalones oscuros de vestir, un jersey de punto negro con cuello de pico y una camisa celeste asomaba por debajo; iba arreglado pero en la media de un niño de cinco años.

—¡Madre mía! —exclamó Alice, que acababa de salir y corría como podía hasta su sobrino para aplastarlo en un abrazo—, ¡el niño más guapo de Nueva York!

Poco después todos estaban en el ascensor para ir hasta el restaurante, con la hora un poco justa. Decidieron ir a pie ya que Times Square estaba cerca, y aparcar por esa zona era imposible ya que los accesos estaban cortados.

Olive Garden, al ser un buen restaurante y estar en un sitio estratégico, estaba lleno de gente que intentaba conseguir una mesa de forma desesperada. Edward, agarrando con fuerza a Bella, entró haciéndose paso entre la marea de personas que intentaban disuadir al encargado de asignar mesas.

—Perdone, tenemos una reserva a nombre de Carlisle Cullen —dijo educadamente.

El joven encargado rebuscó entre los papeles que tenía en la mesa y asintió.

—El señor Cullen llegó hace unos minutos. ¡Alec! —llamó, y al momento un chico uniformado apareció—. Lleva a los señores a la mesa Cullen.

Alec les hizo un gesto educado y todos le siguieron a través de una escalera de caracol, dejando atrás el primer piso para llegar al segundo, donde el ambiente era más tranquilo. Pronto divisaron una enorme mesa donde ya se encontraban sentados los señores Cullen, los Swan y Jasper y Emmett, todos vestidos de forma elegante y resaltando entre las demás personas que allí cenaban con conversaciones amenas y familiares.

—¡Pero qué guapos estáis todos! —exclamó Esme, levantándose para abrazar a los que acababan de llegar.

—Estás preciosa, mamá —sonrió Edward, y sus hermanos pusieron los ojos en blanco. Siempre estaban bromeando con que era el niño de mamá, el consentido y a la vez más pelota de todos.

—¿Y Seth, no ha venido Seth? —bramó Emmett, buscando con la mirada de forma exageradamente falsa.

—¡Estoy aquí! —chilló el niño y corrió a sentarse a su lado.

—¿Tú eres Seth? ¡Pero qué te han hecho! —pasó su mano por el pelo castaño del niño, despeinándolo—. Ahora estás mejor, tío.

El camarero que les habían asignado vino y tuvo que esperar a que los saludos acabaran; a Bella, por ejemplo, su madre no la soltaba, diciéndole repetidas veces lo encantadora que estaba esa noche. Al fin pudo zarparse de las garras de su progenitora y tomar asiento al lado de Edward, que reía en voz baja.

—¿Qué desean tomar?

Como ninguno había tenido tiempo para leer la carta, el camarero se fue con solo las bebidas encargadas.

—Papi —susurró Seth, que estaba justo enfrente de ellos, al lado de Emmett—. Quiero pizza.

—¡Seth! Es Nochevieja, no puedes comer pizza como si fuera una noche cualquiera —dijo Alice, metiéndose en la conversación.

Seth frunció el ceño y señaló a un niño que estaba sentado en una mesa cercana y que comía una porción de pizza.

—¡Quiero pizza!

—¡Y yo! —exclamó Emmett—. Mira enano, podemos pedir una para los dos, así no te reñirán ya me tienen miedo.

Decidieron no interponerse más ya que no querían que el niño tuviera una rabieta en una noche como aquella. Los demás pidieron distintas variedades de pasta acompañadas con carne, la especialidad de la casa.

—Al menos comedla con cuchillo y tenedor, por favor —suplico Alice cuando la polémica pizza aterrizó sobre la mesa, y todos rieron.

La cena estuvo llena de ese nerviosismo que se siente el último día del año, donde todos miran el reloj constantemente para calcular el tiempo que queda para que el año finalice. Renée charlaba con Rosalie animadamente y Alice con su madre, la cual intentaba saber datos de la boda que se celebraría al día siguiente.

—Por cierto, ¿no se supone que los novios no deben verse el día antes de la boda? —comentó Carlisle, palmoteando el hombro de Jasper.

—Ya, pero cualquiera le dice a Alice que no podíamos pasar Fin de Año juntos —bromeó Jasper—. Esta noche dormiré en casa de mi hermana y ya no nos veremos más hasta que estemos en el altar.

La conversación siguió su ritmo, amena, mientras los platos se iban vaciando y la expectación crecía. De vez en cuando giraban la cabeza para mirar por los grandes ventanales y asegurarse de que la gran bola seguía aún arriba.

—¿Desean la carta de postres? —preguntó el camarero una vez recogió la mesa.

Charlie consultó su reloj.

—Aún queda media hora, así que sí, tráigamela —comentó mientras se tocaba la barriga.

Seth decidió tomar una copa de helado de chocolate que también le vio al niño desconocido, y Edward se apuntó mentalmente que la próxima vez que fueran a un restaurante se fijaría si había algún crío cerca. Emmett y Rosalie compartieron una deliciosa tarta de limón con vainilla, los señores Cullen se decidieron por una torta de chocolate sin azúcar —Carlisle la miró con una expresión tan triste que hizo que todos rieran—, los Swan un tiramisú de aspecto muy apetecible, Jasper y Alice eligieron unos pequeños zeppolis y Bella y Edward terminaron pidiendo tarta de chocolate y frambuesa. Al final todos comieron de todos, degustando cada una de las exquisiteces que allí servían.

Cuando terminaron encargaron champán y se acercaron hasta los ventanales, donde los demás clientes ya iban cogiendo posiciones.

—¿Por qué no vamos abajo, papá? —preguntó Seth.

—Porque hay más gente y seguramente te agobiarás. Además, aquí se ve mucho mejor, ¿no crees?

Seth se encogió de hombros y alzó los brazos para que le cogieran.

—¿Cómo se llamaba esto? —preguntó con los brazos en el cuello de Edward.

—Times Square —le dijo dándole un beso en la mejilla.

—Pero no se parece a Trafalgar Square —respondió, confuso.

El último fin de año que había pasado en su ciudad, Londres, había sido con Edward y además también fue el único año en el que hizo algo divertido: fueron a Trafalgar Square y vieron los fuegos artificiales. Sin embargo ahora todo estaba lleno de luces y tenía un aspecto tan diferente a lo que él recordaba de su ciudad que le daba hasta miedo.

—Claro que no se parece, son cosas diferentes —contestó Bella—. Aquí es más divertido. ¿Ves esa bola gigante? —la señaló con el dedo y el niño asintió—. Pues cuando sean las doce de la noche, y por tanto este año haya acabado, empieza a bajar y cuando acabe el trayecto, comienzan los fuegos artificiales y tiran confeti por todas partes.

El niño escuchó entusiasmado y después cogió la muñeca de su padre para mirar el reloj de pulsera que llevaba. Al no entenderlo, se volvió hacia él con el ceño fruncido.

—¿Qué pone?

—Que queda muy poco —sonrió Edward.

Esperaron pacientemente mientras escuchaban los gritos provenientes de las miles de personas que se congregaban debajo de ellos, disfrutando de la fiesta aunque llevaran horas esperando.

Jasper le estaba explicando a Seth que había que pedir un deseo para el próximo año, y el niño no parecía entenderlo, no sabía por qué motivo iba a concederse su petición, pero al final accedió a meditarlo durante los pocos minutos que quedaban.

—¡Faltan segundos! —chilló Alice, abrazada a Jasper.

Y todos comprobaron la hora de nuevo y al ver que tenía razón se removieron en su sitio, nerviosos. Edward pasó el brazo libre por la cintura de Bella y la pegó a su cuerpo, necesitándola cerca.

Juntos vieron como la bola descendía y como a su vez los gritos de las personas que lo veían. Bella sólo deseó que todo siguiera como hasta ese momento, no necesitaba nada más en su vida. Todos querían la felicidad para el prójimo y en el caso de Alice y Jasper suerte para el día siguiente.

—¡Feliz año nuevo! —gritaron todos a la vez, antes de lanzarse a besar a su pareja o abrazar a los demás.

Edward posó los labios sobre los de Bella durante unos largos segundos, mientras le deseaba un muy feliz año junto a él, en un susurro. Después besaron la cabeza de Seth que aplaudía entusiasmado y compartieron su alegría con los demás.

—¡Cómo pasa el tiempo! —empezaron a suspirar Esme y Renée, tan nostálgicas como de costumbre.

Brindaron con champán —y con zumo en el caso de Seth— y observaron maravillados los fuegos artificiales. Si se decía que Nueva York no dormía, esa noche era como si realmente fuera de día, había la misma luz.

Bella tenía los ojos húmedos y no lo entendía. Le emocionaba que fuera la primera Nochevieja que volvían a pasar todos juntos y que la velada hubiera transcurrido tan divertida e íntima. Sabía que la noche estaba llegando a su fin, ya que al día siguiente debían levantarse temprano para arreglarse. Alice le había advertido de que una estilista amiga suya iría a arreglarla por la mañana, y de nada sirvieron las quejas de Bella o las amenazas.

Se despidieron con más efusividad y cariño que de costumbre. Los señores Cullen y Swan se iban a quedar en un hotel, aunque no habían reservado nada aún.

—¿Un hotel? —inquirió Bella—. Tenemos un apartamento vacío, ¿por qué no os quedáis ahí? Además, dudo que haya habitaciones libres en los hoteles hoy.

Parecieron estar de acuerdo y los siguieron hasta Madison Avenue. Subieron en dos tandas por el ascensor y Bella corrió a buscar las llaves de su antiguo apartamento.

—Las sábanas limpias están en los armarios. Siento no haberos podido preparar nada… —se disculpó.

Después de que su madre y Esme la convencieran de que no pasaba nada y que aquellas eran las mejores habitaciones que podían conseguir, Bella se quedó un poco más tranquila. Estaba marchándose cuando Esme la llamó.

—Bella, cariño —dijo con una sonrisa traviesa que le dio mala espina—. ¿Por qué no nos dejas a Seth? Seguro que tanto Edward como tú estáis deseando pasar una noche a solas…

Renée asintió, emocionada y Bella se tiñó por completo de un preocupante color escarlata.

—N-no t-te preocupes, Esme —farfullo—. G-gracias —y torpemente salió del piso, cerrando la puerta de forma veloz. Escuchó risas a su espalda y gruñendo fue hasta el apartamento donde vivía con Edward.

Su habitación estaba vacía, por lo que supuso que estaría acostando al niño. Empezó a desvestirse, deseosa de escapar de aquella ropa tan incómoda. Gimió aliviada cuando sus pies estuvieron descalzos sobre el frío suelo y su piel recubierta del algodón de su pijama de invierno.

—Estás más sexy así que con ese enloquecedoramente corto y apretado vestido —ronroneó Edward cuando entró. Se acercó a ella y la estrechó entre sus brazos.

—Pues tú estás más sexy desnudo —rió Bella mientras le deshacía el nudo de la corbata y empezaba a desvestirlo.

—Lo sé —dijo él, y con un movimiento de hombros dejó que la chaqueta cayera al suelo. Cogió a Bella a estilo nupcial y la depositó con suavidad en la cama—. Así que… ¿a qué esperas?

Con una carcajada entrelazó las piernas en la cintura de él y comenzó a desabrochar los botones de su camisa en un estado casi febril, queriéndolo admirar y deseosa de dejarse llevar por todas las sensaciones que le recorrían el cuerpo cada vez que simplemente lo rozaba.

"Qué descanse otra" fue el último pensamiento cuerdo que pasó por la cabeza de Bella antes de entregarse por completo, en cuerpo y alma a Edward.

.

La mañana del primer día del año amaneció nublada y con un frío penetrante, de esos que presagian copos de nieve. Bella se removió en la cama, había dormido en una postura incómoda y el haber pasado la noche haciendo el amor tampoco ayudaba a encontrarse mejor físicamente. Sentía un enorme cansancio y agujetas en las piernas y brazos; gimió, si Alice se llegara a enterar de cómo había pasado la noche previa a su boda la encarcelaría en una torre. Estaba absolutamente convencida de que sus ojeras iban a delatarla, pero cruzó los dedos para que la estilista fuese una gran profesional y ocultara las pruebas del crimen.

Desperezándose, cubrió su cuerpo desnudo con la bata de Edward y se metió en el cuarto de baño. Abrió el grifo de la bañera y esperó a que el agua se calentara para meterse dentro. Usó una esponja que según Alice tenía fines terapéuticos y que te hacía sentir como nueva; sin embargo, al restregarla contra los brazos no sintió nada por lo que decidió dejar de darle crédito a Alice en temas como ese. Utilizó también una crema suavizante para el pelo que no reconocía. Después rió al darse cuenta de que sería de Edward; por fin tenía algo por lo que reírse de él.

Se secó con rapidez y se frotó el pelo con una toalla pequeña, sin querer usar secador. Después volvió al dormitorio y se puso ropa interior adecuada para el vestido que llevaría más tarde y encima unos pantalones de deporte y una camiseta de Edward que le quedaba ancha, para después poder sacar la cabeza sin despeinarse. Como este seguía dormido, Bella fue a prepararse un café. Estaba sentada en un taburete, sorbiendo el líquido y mordisqueando una magdalena con trozos de chocolate cuando el timbre sonó.

—¿La señorita Swan? —preguntó una joven alta y guapa que venía con un gran maletín—. Soy Heidi, coincidimos el día de su entrevista en Vogue. La señorita Cullen me "ordenó" que viniera a prepararla para su boda.

Bella se acordaba muy bien de aquella chica, y sobre todo de los comentarios hormonales que soltó sobre Edward. Frunciendo un poco el ceño, incómoda, la hizo pasar.

—¿Quieres desayunar algo, Heidi? —ofreció, intentando ser amable.

—Un café estaría genial, necesito reponer fuerzas —sonrió ella, mostrándose encantadora.

Tras desayunar, Bella fue a lavarse los dientes y dejó a Heidi instalándose y desplegando sus herramientas de trabajo en el cuarto de invitados, frente al tocador.

Sabiendo que lo necesitaría, Bella cogió de su cuarto el tocado y el vestido para que Heidi trabajara sobre el color del mismo. Vio que Edward estaba destapado y con una sonrisa lo arropó y besó su frente. Salió de la habitación cerrando con cuidado la puerta y fue hasta donde se encontraba Heidi.

—¿Ese es el vestido? —preguntó asombrada—. ¡Es precioso! Me parece que es de la colección de la señorita Cullen —admiró, apreciando la textura con los dedos.

Hizo a Bella sentarse en una silla y empezó a arreglarle el pelo, secándoselo y dándole forma.

—Tiene una melena preciosa —comentó Heidi, que parecía querer tomar confianza con ella.

—Gracias, siempre la he considerado muy común.

Heidi siguió parloteando acerca de lo bonita que era la piel de Bella, o que apenas tenía puntas abiertas. Bella se relajó en la silla e intentó que las palabras que le entraban por un oído le salieran por el otro, no se sentía cómoda con alguien tan agasajador.

Lo primero que hizo fue llevar a cabo el peinado, que según le contó sería un recogido clásico pero que le favoreciera su cara ovalada. Bella, que no tenía casi criterio en el tema estilismo, se dejó hacer lo que fuera.

A media mañana, cuando el sol empezaba a asomar de entre las nubes, Edward asomó su despeinada cabeza por la puerta, con los ojos entrecerrados por el sueño y sin ver bien.

Bella notó como Heidi dejaba caer un mechón de pelo, tensándose, y no pudo evitar una sonrisa divertida.

—Hola cariño, ¿pasa algo? —saludó desde la silla.

—Eh… No, no te encontraba. Hola, soy Edward Cullen —entró en la estancia con un brazo extendido para saludar a Heidi, la cual le cogió la mano con excesivo entusiasmo—. Es casi la hora de la comida… Iré a prepararle algo a Seth, ¿queréis?

—¿Te apetece algo Heidi? —quiso saber Bella, y al ver que la chica negaba de forma nerviosa con la cabeza añadió—: No te preocupes, después vamos nosotras.

Edward les dedicó una última sonrisa y se marchó cerrando la puerta tras él.

—¿Estás casada con el hermano de Alice Cullen? —inquirió tras unos minutos Heidi.

—Estamos juntos —contestó escuetamente Bella—. ¿No podrías poner un poco más abajo el tocado?

Heidi asintió y dejó que Bella tuviera voz y voto para que así se sintiese más cómoda. Después de terminar con el pelo, empezó a probar diferentes tonalidades de maquillaje para encontrar el definitivo.

—Creo que deberíamos quedarnos con el tono más ahumado, el casi negro —comentó Bella—. No me gustan esas sombras verdosas, al final pareceré una lechuga. Y de todas formas los zapatos y el chal se acercan al negro.

Heidi estuvo conforme y limpió el rostro de Bella para después hidratarlo y más tarde comenzar con la sesión de maquillaje. Hubo un poco de todo, como unas discretas pestañas postizas que Bella se negó a usar o una crema muy compacta y esponjosa que prometía hacer desaparecer cualquier tipo de imperfección o peca. Sus cejas fueron peinadas y el vello facial decolorado en lugar de depilado, lo cual Bella agradeció enormemente.

—Estupendo, dejaré los labios para después de comer —comentó Heidi—. Me gusta arreglar a la gente con tiempo, porque es la única forma de ver los errores, o qué mechón anda suelto y esas cosas. Así puedo corregirlo antes de que sea demasiado tarde.

Bella se miró en el espejo y se admiró a si misma, estaba radiante. La ropa que llevaba puesta desentonaba, pero no pensaba ponerse el vestido y los zapatos hasta que no faltaran como mínimo diez minutos para salir.

Hambrientas y necesitando estirar las piernas en el caso de Bella, salieron de la habitación y fueron hasta la cocina, bromeando. Edward y Seth estaban viendo la tele en el salón, charlando de vez en cuando y sin ninguna preocupación.

—Qué fácil es ser hombre —murmuró Bella mientras servía los filetes que Edward había dejado en la sartén en dos platos.

Puso en el microondas unas cuantas patatas para cocer y a los diez minutos ya tenía la mesa de la cocina puesta y la comida servida.

Estaba charlando con Heidi sobre su trabajo en la publicidad y lo duro que podía llegar a ser a veces cuando el timbre sonó y se escucharon los rápidos, irregulares y característicos pasos de Edward por el pasillo. Bella agudizó el oído para enterarse de quien era y se levantó de golpe al escuchar el sollozo de una voz que conocía a la perfección.

—Alice, ¿qué pasa? —preguntó cuando llegó hasta la puerta principal y se encontró a su amiga abrazando a Edward y sumida en las lágrimas.

No fue hasta al cabo de unos minutos cuando Alice se tranquilizó y bebió un poco de agua. La condujeron hasta un sofá y se echó en él, aún con el corazón encogido.

—Explícame ahora mismo qué es lo que está ocurriendo —exigió Edward.

Alice se secó los ojos con el dorso de la mano para después extraer del bolsillo de su pantalón vaquero un papel que parecía impreso.

—M-me ha llegado esto al c-correo d-del t-trabajo —explicó como pudo.

Edward y Bella se acercaron para contemplar desde arriba la hoja, y no pudieron evitar intercambiar después una mirada de horror y a la vez de asombro. Era una fotografía de Jasper a la salida de un cine mientras besaba con las manos puestas en el trasero a su secretaria, Kate.

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Chicas nuevo cap ..agradezcan a Laura y denle mas inspiracion XD besos y disfrutenlo!"!!!!

10 comentarios:

shaolyn dijo...

Yo ya lo habia leido pero yo espero q sigas escribiendolo mas largo, intentaremos inspirarte... nose... aun keda mucha historia creo yo, puedo darte alguna idea si quieres! pero bueno es tu eleccion.
gracias! muy bueno el capitulo! los pelos de punta se me han puesto jaja!!

Anónimo dijo...

aweee..!!*
q mal lode jassojala se solucione...me encantooo esperooo q nosete vaya de nuevo la inspiracion!!*

Anónimo dijo...

Es maravilloso. Es mejor que la historia de la que esta inspirada. Por favor, sigue escribiendo, pero mas rapido.

Patricia dijo...

Holaa chicas felicidades por haber vuelto, me encanto este capitulo , estubo muy bueno ,suerte con el siguiente capi , please no nos hagan esperar mucho porfis

Ruby dijo...

woooaaw me encanta que bien que ya esten de regreso amo sus historias
pobre Alice muero por leer el siguiente pero no las presionare
sigan asi
adios

paula lopez dijo...

aaahhhh buenooooooooooooooooo.!!!!
jojojojo, casi me muero con el final del capitulo.!!!!
estuve esperando mucho por este cap y me encuentro con uno muy largo y encima con este finalll..!!
quiero saber ya q es lo que sucede por diosss..!!!

besos enormess.!!!

diana dijo...

hay por diossssssss!! no me lo puedo creer!!!! esto tiene q ser una fotomontaje no? hay me alegroooo gracias lauuuu por subirrrrrrrrrrr esta historiaaaaaaaaaaaaaa besos besos besos

dany dijo...

waaa.. muchas gasias x publicar, me en canta esta historia.
porfavor publica pronto lau!!!

Ela Akrr dijo...

El Próximo capitulo porfaa me muro por saber que pasa con la boda no nos hagas esperar y me encanta tu blog el próximo porfaaaa!!!!!
sigue así xoxoxoxoxo.

Anónimo dijo...

en serio, cada dia me alegro mas de haber encontrado este sitio, esta historia es genia, pero porfissss no te demores mucho en publicar el otro capi. tienes un sentido del suspense que me pone los pelos de puunta, no puedo espera.
XOXOXOX
Otra admiradora